—Yo sabré enterarme —murmuró—; y si esa titiritera ha venido a Serranillas detrás de ti, pierde el moño.
Su cólera era tanta que empezó a suspirar y a rebullirse en su asiento, cual si la pinchasen alfileres. Perea sintió a su lado una palpitación de tragedia y tuvo miedo. La idea de que dos mujeres se matasen por él le horrorizaba. Doña Emilia tenía el semblante cubierto de mador y salpicado de manchas rojizas, como si un ataque de herpetismo la amenazase.
—Esta misma noche he de saberlo —repetía—; esta misma noche...
Nada dijo don Higinio; pero cuando la francesita, terminados sus ejercicios, se retiró, pareciole que acababan de quitarle un gran peso de encima.
Al día siguiente, en el Casino, don Higinio Perea quiso a bofetadas madurarle los carrillos a Cenén y a Pepe Martín. Su broma de la víspera, en el circo, era imperdonable y sirvió para que su mujer le diera un disgusto; doña Emilia tenía celos de la francesita de Perpignan.
—Y si lo hicieron ustedes para mortificarme —agregó levantándose con bélica arrogancia—, se han equivocado: yo no tengo miedo a nadie; yo sé cerrar los puños y ponerlos donde sea menester.
Tosió, se aseguró las solapas sobre el pecho, dio algunos pasos hacia adelante, hacia atrás, de costado, ante las personas que le rodeaban expectantes, suspensas de tanta valentía.
—Porque a reñir —concluyó—, y esto se lo digo a usted..., y a usted..., y a usted..., y a quienquiera darse por aludido, no hay hombre que me eche el pie delante.
Aquel arranque de cólera había agotado los escasos fondos de rencor que podían incubarse en un espíritu tan evangélico y bonachón como el suyo, y así, apenas lanzó su viril desafío, cuando con las últimas palabras sus odios claudicaron y sintiose descaecido y amansado como una oveja.
Julio Cenén, que le conocía perfectamente, aprovechó esta oportunidad para abrazarle. ¡Ea, pelillos a la mar!... Pero ¿a qué venía aquello?... Varios de los circunstantes intervinieron en favor de la paz y don Higinio, satisfecho de su airosa conducta y ya totalmente desarmado, concluyó echándose a reír. Estaba pesaroso de su arrebato; no se acordaba de nada, no quería que nadie lo recordase tampoco. Se acabó; él retiraba una a una cuantas frases agresivas hubiera podido decir...