Por la noche volvió al circo acompañado de Cenén; el secretario del Ayuntamiento quería a todo trance hablar con la francesita de Perpignan y le llevaba de intérprete. Al entrar vieron a don Gregorio Hernández. Cenén le echó un brazo por la cintura.
—¿Quiere usted venir? Vamos a decirle cuatro requiebros a la francesita de las dislocaciones.
El rostro aguileño del travieso secretario rebosaba malicia. Don Gregorio le miraba desdeñoso y burlón; a Cenén no le crecían ni el juicio ni los pantalones; no le inspiraba confianza; a él los hombres de cabeza pequeña nunca le habían gustado. Tras una pausa, demostró ceder:
—¿Y quién va a presentarnos?
—¿Quién ha de ser?... ¡Yo!... O mejor dicho, el amigo Perea, el único de nosotros que sabe francés...
Aquella noche el elemento masculino predominaba; los mineros invadían la entrada general; en los asientos de preferencia, en cambio, había pocas familias; las señoras decían que las saltimbanquis trabajaban demasiado desnudas...
Siguiendo un callejón llegaron Cenén, don Higinio y el médico a la parte del circo por donde salían y se retiraban los artistas. Allí estaban el clown de los perros amaestrados, el hércules, las malabaristas alemanas y la francesita de Perpignan. Al ver a Cenén, a quien ya conocía, la joven sonrió. En familiar y limpio castellano, el secretario, con gran desparpajo, presentó a don Higinio:
—Aquí tienes un hombre que en eso de hablar francés es una especie de Gambetta.
Por los ademanes de su interlocutor comprendió la señorita de Perpignan que la traían un intérprete.
—Muchísimo gusto... ¿El señor habla francés?...