—No, no...

—¿Seis o siete meses?

—Sí... sí...

Se embarullaba. Al responder, por más esfuerzos de memoria que hacía, no daba con la palabra exacta; el buen hombre se hallaba en ridículo; su festera imaginación le había engañado; ahora su conciencia lo afirmaba: él no sabía francés. Cenén se reía, mortificándole:

—¿Y para eso nada más, para decir «no, no» o «sí, sí», ha pasado usted la frontera?

Perea intentó disculparse; atribuía su torpeza a falta de costumbre; en la psicología de la conversación hay mucho de mecánico; él estaba cierto de que ocho días después de volver a París charlaría el francés de prisa y correctamente, lo mismo que antes. Además, en Perpignan se habla un dialecto estúpido, y no aquel francés limpio y sonoro que él había aprendido en el bulevar.

—Dígale usted —apuntó Cenén— si quiere cenar conmigo.

Don Higinio se mordía los labios. «Cenar —pensaba—, ¿cómo se dice “cenar” en francés?...».

Trató de corregir la torpeza de su verbo por medio de una mímica hiperbólica, perfectamente meridional. La artista se encogía de hombros, risueña y encantadora dentro de sus mallas color tabaco. Había comprendido.

—¿Cenar? —dijo—. No puedo; esas cenas después de la función suelen hacer daño...