—¡Mírela usted, qué pinturera! —rugía el secretario mordiéndose una uña—. ¡Había que comérsela!

—¿Cómo se llama?

—La Debreuil, Liana Debreuil... ¿Quiere usted que volvamos a verla?... ¡Cáscaras! ¡Usted está helado, amigo mío!...

Perea se alzaba de hombros.

—Pero, ¿qué quiere usted que haga?... Luego, el dialecto de esas francesas de los Pirineos Bajos es tan raro... Ya recordará usted lo que me sucedió con ella noches pasadas... ¿Verdad?... Hablamos, y... ¡ni media palabra!...

Al concluir el espectáculo Julio Cenén despidiose rápidamente de don Higinio y del médico. Don Gregorio le miró atento y poniéndole sobre el cogote una de sus manazas de cazador. El semblante del secretario tenía la inmovilidad de líneas, la fanática dureza de expresión, con que se manifiestan las resoluciones inexorables.

—¿Dónde va usted?... —exclamó el médico atenazándole un brazo.

—Eso no se pregunta.

—Sí, señor, se pregunta. ¿Dónde va usted, perillán?...

—A ver a la Debreuil.