—¿Solo?
—Completamente solo; es decir...
Con hipocresía discreta enseñó a sus amigos un billete de cien pesetas que llevaba en la cartera.
—¿Eh, amigo Perea, a usted que ha corrido mundo, qué le parece mi plan?
Luego, bajando la voz, los ojos relucientes de picardía:
—Voy a traducir mi pasión al Esperanto; esta vez creo que la señorita Liana y yo nos entenderemos.
Como el bien ajeno aflige tanto, a don Higinio y a don Gregorio las palabras del secretario les dejó tristes. Largo rato caminaron preocupados, en el silencio de las calles blancas, llenas de luna. Al fin, habló don Gregorio: los sanguíneos son impacientes.
—¿Cree usted que conseguirá algo?
Don Higinio hizo un gesto ambiguo; un mohín prudente de hombre mundano que ha visto muchas veces cómo lo que parecía imposible, el azar en un santiamén lo allana y resuelve.
—Nadie sabe...