El médico afirmaba egoísta.
—¡Bah! Me parece que no.
—Sin embargo, ese Cenén es un diablo.
—¡Por muy diablo que sea! Yo le aseguro a usted que no consigue nada. Él hará lo posible..., ¡eso sí! Ya le conocemos; pero la francesita le sacará el dinero, se divertirá a su costa unos días, y luego... ¡la del humo!... ¡Buenas son las francesas! ¡Tías más interesadotas nadie las vio!... ¡Es decir, a quién voy a contárselo!... Usted ya las conoce...
Perea sonreía y bajaba los párpados, cual si en la lengua llevase alguna anécdota galante y sabrosa y no osara contarla.
—Sin embargo —dijo lentamente, con la parsimonia de quien va leyendo en su experiencia—, esas mujeres de teatro suelen tener caprichos...
—¡No me hable usted de ellas! Son unas pécoras. Yo no he tenido comercio con ninguna, pero lo sé por mis amigos de Ciudad Real. ¡Ya lo dice el pueblo! La carne de teatro, cara y mala.
—¡Cara, sí, es cierto!
—¡Y mala, don Higinio!...
—Mala no, don Gregorio.