—No enciendas —ordenó doña Emilia—, me duelen los ojos.

Perea concluyó de desnudarse a oscuras.

Otra noche el secretario del Ayuntamiento, tras un ocultamiento de dos días, reapareció en el Casino con aires de misterio y de triunfo. Sus amigos le interrogaban sonrientes, y él a todos contestaba en voz baja y pasándoles un brazo por el hombro. En la sala del billar, don Higinio, el notario y el médico, oyeron de labios de don Cándido lo sucedido. Julio Cenén se hallaba en relaciones con la titiritera: él lo decía, daba detalles; además, varias personas le habían visto.

—¡No lo creo! —interrumpió don Gregorio.

El boticario insistió; era un casado pacífico a quien no irritaban los éxitos amorosos del prójimo.

—No lo dude usted, Hernández; anoche mismo, ya tarde, estaban cenando en la fonda.

Perea observó vengativo:

—¿No se lo dije a usted, don Gregorio? Pero usted no quiso creerme: las artistas son muy caprichosas.

—¡Caprichos!... Entendámonos, porque esa mujer no querrá a Cenén por su cara linda, buscará su dinero...

—También es posible —replicó Perea—: la mujer de teatro es cara.