—Y mala, don Higinio.

—Mala no, don Gregorio; no sea usted tozudo. Ni malas, ni sucias, ni feas, hablo en general. ¿No dirá usted que la Debreuil es fea?...

Los omoplatos del médico tuvieron un encogimiento de supremo desdén:

—¡Bah!... Total, ¿qué?... Una saltimbanqui al alcance de todo el mundo.

Para distraer su envidia fue a sentarse a la mesa donde sus compañeros de tresillo le esperaban. Don Higinio y el notario continuaron informándose por don Cándido de la aventura de Cenén.

—¿Pero la francesita va a quedarse en Serranillas? —exclamó Arribas.

—No la juzgo tan loca.

—¡Naturalmente! Cenén carece de recursos para mantenerla.

Perea sonreía, atónito del buen atrevimiento, donaire y fortuna del secretario. Preguntó:

—¿Sabe algo la mujer de Julio?