—Me lo figuraba; como se acabó el circo... ¡Anda, que bien nos hemos reído a costa tuya Teresa y yo!... Conocemos tu mala suerte. ¿De modo que andabas bebiendo los vientos por la francesita esa?... ¿La Debreuil, no se llama la Debreuil?... Una noche estuviste hablando con ella lo menos hora y media; me lo han dicho... y te ponías muy colorado... Pero de nada te sirvieron tus conocimientos lingüísticos, porque Julio Cenén, más gracioso que tú y más joven, te la birló en un instante.

Calló, complaciéndose en el profundo amohinamiento y bochorno del esposo. Era su venganza. Luego:

—Francamente; te creía menos apocado. ¡Vamos, que dejarse engañar por un tipejo como ese, raquítico, feo y mal vestido!...

Perea no contestó; siguió leyendo. ¿Para qué replicar? A querer decir la compleja situación de su ánimo, sus penas sin nombre, sus inquietudes, el hondo fastidio que año tras año, según griseaban sus cabellos, fue envolviéndole como una red, hubiera necesitado estar hablando varias horas seguidas; al término de las cuales, ni ella le habría comprendido, ni él, probablemente, hubiese llegado a entenderse a sí propio: tan raro, tan heteróclito, tan ajeno a los trillados carriles de su espíritu era cuanto por su conciencia estaba pasando.

Un accidente acaecido en la mina, la brusca aparición de una vena de agua que anegó varias galerías en el corto espacio de una noche, vino a remover saludablemente el sedentario dinamismo moral de Perea. El ingeniero, informado por los capataces de lo ocurrido, fue a verle antes de amanecer. Urgía buscar remedio al mal; la inundación era tan copiosa que amenazaba el porvenir de la mina. Inmediatamente comenzaron los trabajos de salvamento. Durante varios días doscientos hombres llegados de Almodóvar y de otros pueblos inmediatos, pues en Serranillas había pocos braceros ociosos, divididos en compañías de a cincuenta números, lucharon sin tregua contra la arriada; pero entre todos no bastaban a sacar los metros cúbicos de agua que por la hendidura del manantial salían bullentes y espumosos, y así el nivel de la inundación continuaba subiendo. Ante la gravedad del daño, don Higinio Perea estuvo varias semanas sin desnudarse. Fue necesario telegrafiar a París pidiendo un motor de cuarenta caballos que diese movimiento a una especie de noria que el ingeniero había mandado construir. Simultáneamente, y a pocos metros de la mina, cuadrillas de albañiles comenzaron a levantar con toda diligencia y solidez el edificio donde el motor sería instalado. Más de dos meses duró la obra, y en ellos lo mismo el ingeniero, que los capataces y peones trabajaron con discreción y buena voluntad admirables. El día en que la noria empezó a funcionar y el agua de sus cangilones profundos, de un metro, rodó bulliciosa por un azarbe hacia el Guadamil, fue de júbilo para patronos y obreros. La esperanza volvía a los mineros sin recursos, despedidos del tajo por la inundación. Así todo el vecindario acudió a ver trabajar la máquina, cuyo poderoso bataneo resonaba a más de medio kilómetro; el edificio que ocupaba era sólido y grande, y sus muros bermejos de ladrillo se perfilaban con tan victoriosa ufanía sobre el infinito zafiro del espacio, que hasta los más envidiosos reconocieron la bizarría con que don Higinio, sin favor de nadie, supo hacer frente al desastre, invirtiendo en la nueva maquinaria y en las obras de albañilería a ella anejas un capital. Por suerte, tantos esfuerzos no fueron baldíos; la noria dominó a la vena de agua y la altura de la inundación empezó a decrecer. A la semana siguiente pudo maniobrar el ascensor y algunos mineros descendieron al pozo.

—Ha sido «un gesto» —decía don Cándido, comentando la actitud de su amigo en aquel peligroso fregado—; yo, francamente, no le creía hombre de tanto corazón.

Don Higinio, efectivamente, había demostrado un estoicismo ante el peligro y una generosidad en el remedio que le granjearon la simpatía y respeto de todos, y ello coadyuvó a fomentar cierto inesperado prestigio de bravura y galanía que, nacido nadie sabe cómo, empezaba a nimbar la figura del noble manchego. La leyenda fue desarrollándose insensiblemente en el filar de aquellos cinco años, y la elaboraron el viaje de Perea a Francia, los noventa días que estuvo allí y a través del tiempo se convirtieron en siete u ocho meses; la austeridad, más firme cada vez, de su rostro; la parquedad de su conversación; el hazañoso garbo con que una tarde, hallándose casualmente en la cárcel, dominó un «plante» y obligó a los presos a rendir los garrotes y cuchillos de que estaban provistos; el caballeresco tesón, nacido quizás al calor de amables recuerdos, que siempre empleó en la defensa de las mujeres de teatro; y finalmente, su voz velada y su reservado comedimiento al hablar de París, como si durante su estancia allí le hubiese sucedido algo muy grave. Tales fueron los elementos que la triscadora imaginación popular utilizó para componer su leyenda; una de esas leyendas nobles o pícaras que el alma colectiva impone al individuo, y unas veces le ayudan a medrar y otras le pierden.

Bajo aquella reputación, don Higinio se hallaba bien; reconocíase pacífico, metódico, incapaz de seducir mujeres ni de causar daño a nadie; sabíase esclavo de sus obligaciones, del porvenir de sus hijos, de su propio temperamento, mansejón y apaisado, y, sin embargo, complacíale que el mundo le creyese galán y pronto a los más arriscados extremos. Esta quimerista inclinación de ánimo abunda: millares de hombres, entristecidos por la invencible distancia que separa sus actos de sus ensueños, procuran olvidar su fracaso mostrándose de muy enemiga manera a cómo son. Semejante farsa, no obstante su infantil sencillez, divertía a Perea; sin él precaverlo, aquel breve tiempo que estuvo en París había bastado a impregnar su pobre existencia de una fragancia de aventura: en Serranillas le querían y envidiaban sus ocultos amores, sus éxitos de viajero; era ese algo suave y triste, refinadamente distinguido, que la ingenua juventud prende, como un aroma de jardín, en los cabellos blancos de Don Juan...

«Soy vulgar —pensaba—; tan vulgar como don Cándido, que no ha salido jamás de su botica ni conoció otra mujer que la suya...».

Pero, y los demás, ¿no serían iguales? El notario Arribas, verbigracia, sargento del ejército que capituló en Santiago de Cuba y de quien se referían proezas dignas de ser celebradas en romances, ¿sabría, efectivamente, disparar un tiro o por dónde se agarraba una bayoneta?... También don Gregorio exaltaba, con grandes gritos, sus hazañas de cazador. Pero, ¿quién daría fe de tan notables lances?... Es muy fácil decir: «Yo hice esto», «A mí me sucedió aquello...», cuando el narrador tiene la sospechosa precaución de rodear de absoluta soledad su aventura.