Julio Cenén había referido de casa en casa la historia de sus amores con la señorita de Perpignan, y alguien, efectivamente, les vio juntos en el circo y luego cenando en la fonda de don Justo; pero ello no significaba que el recato de la Debreuil, por muy usado, raído y discutible que fuese, hubiera concedido al arriscado secretario mayores favores. Nadie sabía lo que entre ambos sucediera; luego Julio Cenén, al amparo del misterio, podía mentir...
Cavilando en esto Perea, sentía que un ambiente de traición, de embuste, liviandad y superchería le circundaba. Como no hay cuerpos perfectos, tampoco existen almas modelos, sino que todas disimulan la caricatura o degeneración de algún fingimiento. Quienes blasonan de honrados, aquellos de valientes, otros de seductores, estos de metódicos y castos...; y entre los hilos incontables de tantas mentiras, nadie suele ser lo que parece, ni tampoco lo que la opinión del prójimo señala y divulga. De este modo se explicaba don Higinio que todos sus convecinos hubiesen algo notable que referir, mientras él no tenía en su historia, que ya iba siendo larga, ni el menor incidente digno de loa, recordación o comentario.
«No es que les haya ocurrido nada —rumiaba Perea—; pero lo dicen y luego lo repite el público».
El ejemplo más terminante de la influencia que una mentira puede ejercer en la vida de un hombre lo ofrecía Diego, el sobrino de Arribas.
A pesar de sus veinticinco o treinta años, el rostro de Diego conservaba la humildad y dulcedumbre de la adolescencia: era un bendito, una pobre voluntad dócil, asustadiza, enemiga de ruidos; y no obstante, a todas partes le acompañaba una desfavorable leyenda de matonismo y escándalo. ¿De dónde provenía aquel temeroso renombre? ¿Qué conventos allanó el menguado?... ¿A qué rivales mató en desafío? ¿Qué fortunas perdió al juego? ¿Cuáles fueron sus bacanales? ¿Qué doncellas se malograron por él?... Nadie hubiese podido demostrar que incurriera en ninguno de estos errores, y, sin embargo, su familia le aborrecía; su esposa, favorecida por su padre, se negó a continuar viviendo bajo el techo conyugal, y así, de unos en otros, la murmuración cristalizó y convirtiose en historia y posteridad; y Diego, dulce y apocado como una liebre, fue tenido por una de las peores cabezas de Serranillas.
En los pueblos estos casos de injusticia social se cuentan por millares. Un hecho cualquiera, aun el más baladí, sirve para clasificar a un individuo, para «marcarle», y este juicio, repetido neciamente por el vulgo, se extiende, afianza y llega a ser indeleble. Es una labor de impresionismo. Hay individuos que fueron tontos toda su vida y murieron en olor de imbecilidad, únicamente porque sus conterráneos, cumpliendo un acuerdo tácito, acordaron negarles todo criterio.
Esto motivó, tal vez, el nimbo de tropelías y de maldad que rodeaba a aquel pobre Diego, tan silencioso, tan humilde, capaz de estarse sentado cinco horas seguidas sin hablar a nadie. Quizás cuando muchacho, y probablemente contra toda la inclinación de su voluntad misericordiosa, reñiría con otro chiquillo, a quien hirió, lo que fue causa de que su madre y la del descalabrado anduviesen a la greña.
¿Para qué más?... La noticia estremeció la población, abultándose, hinchándose de calle en calle a cada nueva glosa, y Diego quedó «clasificado»: era un rebelde, un inadaptado, un temperamento irreductible. Con las primeras alegrías de la juventud, aquella aventura inocente remozó su prestigio fatal. Diego se halló perdido; todos sus actos suscitaban sospechas. Si le veían hablando de noche con una muchacha: «¡Es un mujeriego!», decía la gente. Si tallando una peseta en el «saloncito verde» del Casino: «¡Es un jugador!...». Si bebiendo un vaso de vino ante el mostrador de una taberna o en la fonda de don Justo: «¡Es un borracho!...». ¿Cómo destruir aquella voz fiscal, voz del pueblo, que resonaba por todas partes?... El historial bravucón del niño perdía al hombre; la muchedumbre, después de juzgarle pendenciero, arisco y maleante, negábase rotundamente a creerle de otro modo. Era necesario rendirse: el individuo caía de rodillas bajo el empuje de la colectividad.
Perea llegó a pensar que en la historia de las personas vulgares, los únicos capítulos de algún relieve novelesco suelen ser mentiras nacidas bruscamente al calor de una frase y precipitadas luego a los cuatro vientos de la murmuración por el vulgo inconsciente. ¡Ah, si él quisiera inventar teniendo, como había, el inmenso París a su espalda!... Pero no; don Higinio no sabía mentir; el embuste implica un disimulo, una felonía, que repugnaban a su carácter bravo y sencillo.
Estas menudas divagaciones filosóficas de una parte, y de otra los años, que sigilosamente y a hurto una de las conciencias más avisadas, así saben cambiar la traza física de los hombres como revolucionarles el humor hasta inclinarles a lo que nunca desearon y viceversa, fueron modificando la ética de don Higinio. Su afición a la soledad habíase trocado en misantropía. Fuera del Casino, adonde iba dos o tres veces por semana, no sostenía relaciones de amistad con nadie, y llevaba constantemente en su noble rostro una pesadumbre de condena. El amor a París había pasado por su alma como esos cariños intensos y románticos que suelen tatuar en muchos jóvenes una huella imborrable de tristeza. Pensaba en París con la misma melancolía que una mujer puede recordar su primera falta. Una vez solo se acercó al maravilloso vitral de la inmensa cosmópolis, vio su luminosidad cegadora, oyó el babélico estruendo de su risa eternal, sintió resbalar las manos de sus cocotas sobre su carne pecadora y temblante, y, luego, de súbito, extinguiéronse las luces y la alucinación se deshizo en recuerdo y en sombras de destierro. Si veía el reloj de oro que compró para su cuñada en la calle de la Paz, o la petaca con que obsequió a Cenén, don Higinio se ponía triste; la pianola del notario Arribas, oída algunas veces en el silencio de las calles espaciosas y vacías, le inspiraba deseos de llorar: era la voz de París, inteligible solo para su alma. Igual emoción depresiva experimentaba cuando en la fachada de la Casa Correos ponían alguno de esos carteles con que las Compañías navieras llaman a los emigrantes: vapores blancos deslizándose sobre un mar de purísimo color esmeralda; vapores negros, empenachados de humo, recortándose violentamente bajo un cielo rojo; y debajo los nombres hacia donde los hambrientos de la vieja Europa orientan su esperanza: Buenos Aires, Méjico, Montevideo, Brasil... Viéndolos don Higinio se acordaba del zaguán del hotel de los Alpes, y la figura del intérprete, con sus lacios bigotes, su larga nariz enrojecida por el ajenjo y sus botas de paño, cruzaba grotesca y simpática su memoria. Comprendía el buen manchego que todo, con el favor ingrato del tiempo, iba dejándole, y él, a su vez, sentía un absoluto desasimiento y eremítico desdén hacia todo. Anselmo, su primogénito, había cumplido quince años y estudiaba el tercer curso del Bachillerato; Joaquinito iba a ingresar en el Instituto; Carmen, con ese raro pudor que separa a las hijas de los padres, para luego lanzarlas entre los brazos de un marido, ya no se desnudaba sin antes cerrar la puerta de su dormitorio; y doña Emilia, aunque no era vieja, por su gordura y batalladora condición de carácter, había llegado a colocarse fuera del terreno sexual.