Desvelados por la temperatura bochornosa, muchos pasajeros celebraban con carcajadas aquella interrogación que, cuanto más repetida, mayor gracia parecía tener.

—¿Qué tal máquina llevamos?—pregunté al Negro.

—Superiorísima—contestó cayendo en seguida, a fuer de andaluz legítimo, del lado pintoresco de la hipérbole—; cuatro años hace que ruedo con ella y no me ha dado un disgusto. Frena bien y en invierno administra el calor como ninguna. Si no echase más agua que humo, sería perfecta; nosotros, por eso, la llamamos La Regadera. En Córdoba nos recogerá La Sabrosa: ¡un dije!... blanda, voluntariosa y suave; una locomotora que cuando dice “¡allá voy!”, parece una paloma...

Estas noticias me tranquilizaron: a pesar de ser bisoño en aquel expreso, me satisfacía hallarme entre vagones distinguidos, y con un “jefe de tren” y un “guardafreno” y “vigilantes” y “rutas”, a mi servicio, como antes, en mis años prósperos. La Regadera tenía un andar rítmico y cómodo, favorable al sueño; mis inquilinos iban sosegándose y su silencio me invitaba a dormir: la mayoría de mis luces estaban apagadas y una laxitud inefable me invadía: poco a poco dejé de oir, dejé de ver; mis sensaciones quedamente, como de puntillas, se alejaban... Una detención súbita me despertó; estábamos en Baeza y empezaba a clarear.

La voz, enronquecida por el coñac y el frío del amanecer, de “Pedro Domecq”, repetía inútilmente:

—¡Señorita Manzano..., señorita Manzano!... ¿Verdad que hace un calor impropio de esta estación?...

XVIII

Hecho a viajar, en pocas semanas mi bien ejercitada atención conoció detalladamente las particularidades y horizontes de la principal línea andaluza; y cuanto más recapacito en las sorpresas que me dió su estudio, pasmo mayor me causa la pluralidad de máscaras o facetas de la psicología hispana. Aquí, más que en ninguna otra nación, un monte, un río, una falla del terreno, poseen capacidades aisladoras inverosímiles. Conocer Andalucía, conocer Galicia, o Castilla, o Aragón, o Valencia... no faculta al extranjero a decir: “Conozco España”. ¿Y cómo no sería así cuando la variedad de pueblos, rudos y combativos, que por aquí pasaron, no pudiendo fundirse totalmente unos con otros, hicieron de ella, más que “un alma”, un increíble “racimo de almas”? Si aplicásemos a nuestra península las reglas de la metoposcopia, sacaríamos en limpio que España, con sus estepas tristes, desjugadas, amarillentas y rugosas, parece un viejo rostro cansado de llorar. Sus montes pelados, sus planicies estériles, sus ríos sin agua—aquellos mismos que hace siglos prodigaron su riqueza y hoy corren humildes como millonarios arruinados—, nos hablan de un larguísimo historial de guerras y de salvajes fanatismos, y los odios centenarios que separaron a unas ciudades de otras, aunque pulidos por la cultura, duermen todavía en lo inconsciente de la raza y hace de cada español un sujeto poco gobernable.

Como antes el carácter de las provincias Vascongadas, y luego el espíritu de la región gallega, así el alma andaluza, rápidamente, penetró en mí. Mis relaciones con El Majo continuaban siendo de las más ácidas, y estábamos ciertos de que acabaríamos golpeándonos, pues ni él renunciaba a sus pragmáticas de baratero, ni yo se las toleraba; en cambio, las restantes unidades del convoy me querían mucho, especialmente El Negro, que siempre iba a mi lado, y otro coche apodado El Rubio y no por su color, sino por el considerable número de ingleses que había viajado en él; ambos me profesaban conmovedora devoción, y se hacían lenguas cuando se trataba de elogiar mi sutileza en el arte de conocer, y mi memoria.

En los quinientos sesenta y tantos kilómetros que hay entre Madrid y Sevilla, los paisajes que más interesaron mi sensibilidad fueron los alrededores de Tembleque, por cuyas alturas, sembradas de molinos, pasa la línea que divide las cuencas del Guadiana y del Tajo. Vienen después las llanuras quijotescas de la Mancha; las tierras malditas—tierras de sal—de Villacañas; el castillo morisco de Alcázar de San Juan; el pueblo de Manzanares, construído sobre los belicosos cimientos de una fortaleza; y más adelante los de Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela, famosos por sus inmensos viñedos. La estación de Almuradiel ocupa la altura máxima de la vía, que muy luego, al penetrar en la cuenca del Guadalquivir, empieza a descender, llega a Venta de Cárdenas y horada la cordillera Mariánica por el célebre desfiladero o garganta de Despeñaperros. Los túneles, las curvas peligrosas, los tajos tableteantes, se suceden, y corremos entre bloques gigantescos cortados perpendicularmente, como a cuchillo; peñascos áridos y obscuros, de una adustez castellana. Llegamos a Santa Elena, primera estación andaluza, y después de Vilches, a la que un viejo castillo señorea, y de Vadollano, descansamos cinco minutos en Baeza, arrancadero de los trenes para Granada y Almería. Pasan luego—y sólo he de citar las villas principales—Menjíbar, que fijó en tiempos pretéritos el límite de las Españas “citerior” y “ulterior”; Espelúy, en donde deben apearse los viajeros que vayan a Jaén; la iglesia, con trazas hoscas de alcazaba, de Villanueva de la Reina; Andújar, a la que sus alcarrazas y botijos dieron renombre; y más allá de Montoro y de Pedro Abad saludaremos las siete torres—diez veces centenarias—del castillo de Bujalance, construído a expensas del tercer Abderramán. Un poco más y ganamos Córdoba, triste, augusta y hermética—según el público decir—como un altar: y después Villarrubia, donde una vez don Pedro el Cruel escondió sus tesoros; Posadas, que acrecienta la blancura de sus edificaciones con el lozano verdor de sus tupidos naranjales; Peñaflor, que parece enorgullecerse de su nombre; Lora del Río, a la que sus trigales ponen un nimbo de oro; Tocina, de donde parte el ramal que guía a Mérida, la romana; y, finalmente, Brenes, en cuyo horizonte la Giralda, maravilla de Andalucía, parece rezar a la vez al Islam y a la Cruz...