—Diga.

—¿No cree usted que hace un calor impropio de esta estación?...

Matilde Manzano se echó a reir, y con ella muchos pasajeros. De ventanilla en ventanilla volaban donaires; un buen humor pueril, una alacridad de feria, estremecía el convoy. Transcurrió otro cuarto de hora, y, al llegar a Aranjuez, nuevamente “Pedro Domecq” volvió a gritar:

—¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...

Por segunda vez, la gentil comedianta dejó ver su rostro picaresco:

—¿Qué necesita usted, fiebre tifoidea?...

—¿No piensa usted, como yo, que sigue haciendo un calor impropio de esta estación?...

Algunos de mis inquilinos habían pasado al dining-car, pero la mayoría, en la que figuraba “Pedro Domecq”, cenaba dentro de mí, lo cual, como siempre, alarmaba gravemente mi afición a la pulcritud.

Más allá de Castillejo, donde estacionamos dos minutos, empezó a herir mi atención la desolación de la llanura manchega, más triste aún que las planicies de la Nueva Castilla. Todo yacía muerto, horriblemente seco, bajo la luna lívida; lo que no era polvo, era piedra, y entre los repechos amarillentos sobre los cuales los viajeros, asomados a las ventanillas iluminadas, recortaban sus sombras, el estrépito del convoy resonaba como los ruidos en las casas desamuebladas. Aridos, pajizos, teñidos por una melancolía de osamenta, los pueblos de Villasequilla, Tembleque y Villacañas, fueron quedando atrás; mas no bien hacíamos alto, resonaba la voz irónica de “Pedro Domecq”, que indagaba:

—Señorita Manzano: ¿no cree usted que reina un calor impropio de esta estación?...