—Yo preguntaría dónde la venden buena.

—Como quieras: pero considera, niño, que tú no entiendes de eso y van a engañarte...

En el momento de arrancar el tren, los alegres servidores de la farándula empezaron a aplaudir a don Emilio, que les saludaba con el sombrero.

—¡No gastéis los aplausos—repetía el empresario—; no los gastéis, que luego os harán falta!...

Desde todos los coches, muchos pañuelos blancos y muchas manos de mujer, decían “adiós”.

Apenas caminamos un poco, una ráfaga de aire oreó nuestro abrasado interior; el calor, no obstante, era fuerte, y las caras de mis huéspedes aparecían bruñidas y como barnizadas, por el sudor. Pasamos raudos ante las estaciones de Villaverde, de Getafe y de Pinto, en cuyo castillo corrieron las lágrimas de la Princesa de Eboli, y al detenernos en Valdemoro, “Pedro Domecq” empezó a llamar desde una ventanilla:

—¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...

La actriz se asomó:

—¿Qué quiere usted?...

—Hacerla una pregunta.