—¿Iba usted a tener mucho calor?

—Demasiado frío, porque es usted muy fresco. Mejor voy aquí, y así no podrá usted negar después que ha venido siguiéndome toda la noche...

—No hay inconveniente, con tal de que en Cádiz se deje usted alcanzar.

Atajó el diálogo la aparición en el andén del empresario, que iba a despedir a su compañía. “Pedro Domecq” le interpeló en seguida, y por la confianza irreverente con que se trataban comprendí que eran amigos rancios:

—¿Qué quiere usted que le traiga de Sevilla, don Emilio?...

—Hombre... ¡qué sé yo!...

—Pida usted sin miedo, que con lo grandecita que tiene usted la boca ya puede hacerlo. ¡Venga! ¿Qué le traigo? ¿La Giralda?

—Como traer... me gustaría que trajeses un poquito más de gracia de la que te llevas.

—¡Eso es muy difícil!... ¿No le sería a usted igual que le trajese, para su uso particular, cien gramos, siquiera, de vergüenza?...

—¿Dónde ibas a comprarla?