Ida: veintiocho años. Lindo talle. Rubia. Tiene labios de ironía y unos bellísimos ojos claros, que si fueron optimistas alguna vez ya sólo conservan “la voluntad” de ser alegres. En todo su cuerpo largo y maestro en la delicada gracia de las actitudes melancólicas, persiste una laxitud alusiva a la idea que envuelve su nombre: Ida; un nombre triste como un adiós.
Don Alfonso: esposo de Ida. Cuarenta años; tipo desdeñoso y cordial a la vez; esto es: distinguido. Buena presencia. Viste de obscuro.
“El otro señor”—nunca oí su nombre—: la misma edad de don Alfonso. “Hombre de mundo”, alto y un poco triste. En las sienes, canas prematuras. Su rostro, afeitado, expresa bondad y cansancio: es una doble expresión muy frecuente, porque la bondad—entre los humanos—suele ser una de las expresiones de la fatiga. Traje y guantes grises. En la solapa un clavel recién cortado, rojo, trágico...
Al salir de Sevilla, don Alfonso ha tomado un billete para “la primera mesa”; “el otro señor” toma el suyo para “la tercera”; tanto porque dice haber almorzado tarde, como por no dejar sola a la señora. Ida nunca cena en los trenes; no puede; se marea. Por mi tránsito pasa un servidor del dining-car, que repite ante la puertecilla de cada departamento:
—Señores: la “primera mesa” va a empezar...
Don Alfonso.—(Levantándose.) Autorícenme ustedes a marcharme. (A ella.) ¿Te envío un té?
Ida.—(Dulcemente.) No, gracias.
Don Alfonso.—(Obsequioso.) Un té, bien azucarado... y con unas pastitas...
Ida.—Me haría daño; ¿no lo sabes? (Mirándole amorosamente.) Come bien tú; come por los dos...
Vase don Alfonso. Ida y “el señor del clavel encarnado”—que también así podemos designarle—quedan solos en su departamento. En torno suyo, sobre los asientos, hay libros, periódicos, almohadas de viaje... Ida, que se adivina espiada, registrada, por su acompañante, vuelve la cabeza y, sin querer, le mira. Yo me preparo a escuchar: siempre me ha divertido ver cómo los corazones buscan, para acercarse, los caminos más retorcidos, y su empeño en justificar su amor: lo único que no necesita ser justificado.