El.—En los trenes, de noche, no se puede hacer nada.
Ida.—Si la luz no fuese tan débil, yo leería. (Dirige a mis dos lámparas una mirada despectiva, que me ofende.)
El.—¿La gusta a usted leer?
Ida.—Según... (Pausa breve.) Los libros amenos no abundan. Es tan difícil hallar un libro interesante como conocer un hombre entretenido.
El.—(Con acento seguro.) ¿Verdad que son muy raros los hombres interesantes?
Ida.—Dos por mil.
El.—Exagera usted.
Ida.—¿Le parecen pocos?
El.—Muchos me parecen. Los hombres son aburridísimos: los menos, porque saben demasiado y abusan pedantescamente de sus conocimientos; los más, porque lo ignoran todo.
Los dos sonríen.