Ida.—Si las mujeres supiésemos eso a tiempo no nos casaríamos... o nos casaríamos muy tarde... ¡Yo me casé a los diez y siete años!
El.—Hizo usted bien: debemos casarnos temprano, porque así tendremos toda la vida para arrepentirnos de nuestro error.
Ida suspira.
El.—Yo, también soy un gran desengañado. (Corta pausa.) El mundo es monótono, gris... ¿No reparó usted en la afición de los individuos que, como yo, traspusieron la cuarentena, a vestirse de gris?... Porque es el único color que sus ojos experimentados ven en todas partes. (Otro silencio discreto.) De mozo, mi ilusión parecía un gigantesco y maravilloso jarrón de Sévres. ¡Cómo lucía! ¡Qué bien ocupaba y alegraba toda mi alma!... Hasta que un mal día chocó contra la realidad y se hizo añicos. Pensé morir. Después... ¡qué remedio!... me apliqué a buscar entre el drama de los pedazos rotos el pedazo mayor, decidido a contentarme con él.
El.—Todavía no. (Mirándola expresivamente a los ojos.) O, quizás, sí... ¡No lo sé!...
Ida.—¿Busca usted aún?
El.—Siempre.
Ida.—Entonces es usted feliz. Al menos, más feliz que yo. (Con un temblor, casi imperceptible, en la voz.) Yo... ¡ya no busco!
El.—Reaccione usted: si quiere usted ser dichosa, quiéralo fanáticamente, propóngaselo... y lo será usted. En una enorme mayoría de casos la dicha se reduce a un espejismo de nuestra voluntad.