Ida.—Tal vez... (Mueve la cabeza.) Pero, ¿a qué afanarnos en crear ese miraje, si, al cabo, quedaremos vencidos?... Recuerde usted que detrás de “Don Quijote”, símbolo de la ilusión, caminaba “Sancho”... ¡Como en la vida!
El.—(Fervoroso.) Porque somos cobardes. Luchemos; y, si el mundo nos derrota... ¡volvamos a luchar!
Callan, como otorgándose mutuamente una tregua. Sin que lo advirtieran, entre ambos acaba de brotar una simpatía. Yo lo siento bien, y me alegro. La Sabrosa ha esforzado su andar y en el silencio de los campos, empapados de luna, mis rodajes trajinan con mayor entusiasmo.
Ida.—¿Qué podría yo buscar? Nada. ¿Laureles?... No, porque no soy artista. ¿Dinero?... ¿Para qué?... ¿Amor...?
El.—(Interrumpiéndola vehemente.) ¡Sí, amor!
Ida.—El amor me está vedado: la sociedad me lo prohibe. Además, yo quise a mi esposo. ¿Cree usted que se puede querer más de una vez?
El.—Indudablemente, y apelo al testimonio del libro inmortal cuya autoridad invocó usted antes. ¿Cuántas veces salió “Nuestro Señor Don Quijote” en busca del Ideal? ¿No fueron tres?... (Animándose.) ¡Ah, si la persona de quien estoy enamorado me correspondiese!...
Ida.—¡Qué locura! Amar es esclavizarse.
El.—Cierto: ¿pero hay esclavitud comparable a la esclavitud del aburrimiento?
Ida.—¿Y las responsabilidades, no ya morales, sino económicas, que acarrea un amor?... (Risueña.) Oiga usted a los hombres...