El.—(Exaltándose.) ¡Miserables!... La mujer que no amamos, ciertamente nos pesa y estorba; pero la amada nos reanima y en toda ocasión nos sirve de trampolín y de impulso. La primera, es una carga; la segunda, una fuerza. Media entre ambas la diferencia que hay entre llevar nuestra merienda en la mano, a llevarla en el estómago.
Ida ríe. En aquel instante, cruza por delante del compartimiento el oficial de Marina, vestido de blanco: sobre la albura del uniforme, la botonadura y los galones dorados brillan marciales. El oficial es ventrudo y, al caminar, se esparranca para guardar mejor el equilibrio. Lleva una gran pipa entre los dientes, y la lumbre del tabaco tiñe de rojo el semblante carnoso del fumador. Ida y su acompañante continúan discreteando, pero en voz más confidencial.
El.—(Con un nuevo ardor en el acento.) El mundo objetivo no existe realmente: todo está en nosotros, Ida; todo depende de nosotros... y yo sostengo que usted, o cualquiera, puede ser feliz a condición de ser un poquito cruel. (Un silencio que empleará en recoger ideas.) ¿Conoce usted la admirable película de Pietro Fosco, El fuego?...
Ida hace un gesto negativo, y sus ojos claros, sorprendidos, ingenuos, parecen aniñarse con la curiosidad.
El.—Una mujer joven, bella, elegante, caprichosa y millonaria...; una mujer que lleva consigo completo el trágico ramillete de las tentaciones, saluda una tarde, en el campo, a un pintor. La pobreza, la hermosura adolescente y, más aún, la alta inspiración del artista, la interesan. “—Iré a tu casa—le anuncia—para conocerte mejor.” A la noche siguiente le visita. El, trémulo de emoción, ha exornado el estudio con flores: sobre la mesa y bajo una pantalla verde, arde una vieja lámpara de petróleo. Ella examina uno a uno los lienzos, la pluralidad inconcluídos, que decoran el taller, y por momentos muéstrase más enamorada del pintor. “—Tienes mucho talento—repite—; un extraordinario talento, y mereces vencer.” Informada de las circunstancias que obstaculizan la existencia del joven, añade: “—A tu madre la enviaremos cuanto dinero necesite, pero a condición de separarte de ella. Debes renunciar a todo, y dedicar al Arte tu alma entera. A cambio de ese sacrificio, yo te daré amor, laureles, fortuna... y serás tan dichoso que tu corazón, hoy sediento, no apetecerá nada...” El vacila; ¡es tan niño aún!... “—¿Y mi novia?”—interroga suplicante. “—Sacrifícala también: es indispensable que todo salte en pedazos para que tú triunfes.” Y prosigue: “—¿Cuánto tiempo arde esa lámpara con la luz que ahora tiene?” “—Ocho horas, señora.” “—¿Y te resignas a vivir en una penumbra tan triste?” “—¿Qué haré—replica El—si no puede alumbrar mejor?” “—Te engañas. Hay en tu lámpara una fuerza formidable que tú no conoces, pero yo, sí. ¡¡Mira!!...” Y, apoderándose de la lámpara, la estrella contra el suelo. Una llamarada de incendio inunda el taller, y el pintor, deslumbrado, cegado, por aquel resplandor de Ideal, sigue a la hechicera...
Ida.—(Temblando.) ¡Símbolo admirable!... ¡Oh! De emoción las manos se me han quedado frías.
El.—Delante de cada hombre sólo se extienden dos caminos: el camino de los resignados, y el de los rebeldes. Conviene escoger, y escoger pronto. ¿Qué preferiremos?... ¿Vegetar aburridamente bajo una luz vulgar, o arremeter contra todos los peligros y hacer de nuestra vida una hoguera?...
Ida.—No lo sé.
El.—Yo, sí; yo rompo mi lámpara. Las pasiones me atraen más por su intensidad que por su duración, pues no importa que la llamarada dure un instante si basta a enseñárnoslo todo. (Misterioso y profético.) Y es llegada la ocasión de seguir mi ejemplo. Ida: “rompa usted su lámpara”.
Ida.—No me atrevo...