—¿Sucede algo?—le pregunté.
—Los túneles—balbuceó—; ya empiezan... ¡horribles!... No puedo con ellos...
Callé: yo no sabía lo que eran túneles, ni lo que eran puentes... Además, no podía pensar: la locomotora aceleraba su marcha y yo ponía toda mi atención en rodar bien. La oí silbar; entre los ribazos acantilados, cada vez más altos, que bordeaban el camino, su grito tableteó ensordecedor. Inquirí:
—¿Por qué silba La Recelosa?...
El Tímido repitió:
—Los túneles... los túneles... ¡Hazte cuenta de que has muerto y de que te entierran!...
No pude oir sus últimas palabras, porque súbitamente vi, bajo mis ruedas, un vacío, lleno de claridad. Me sentí en el aire; me pareció volar...; sin embargo, allí el estrépito del expreso era mayor.
—¡Estamos sobre el Oyarzun!—gritó un sleeping.
Casi al mismo tiempo aquella claridad extraña, que venía de abajo, y la otra claridad, la del crepúsculo, se apagaron instantáneamente. Una horrible tiniebla nos envolvió; el ruido ensordecía; el humo de la máquina nos envolvía y lo sentíamos deslizarse sobre nuestras techumbres arremolinado, pegajoso y caliente. De pronto, también cual por arte de magia, el fragor que se apacigua, el soplo refrescante del aire libre, la alegría del cielo que empieza a estrellarse...
—¡Ya sabes lo que es un túnel!—me dijo el sleeping que iba a mi lado, y a quien mi inocencia divertía.