—La Empresa parece cansada; hoy llegamos con treinta minutos de retraso.

—Quien está fatigadísima es La Primera Actriz.

—No habrá dormido.

—¿Cómo iba a dormir, si anoche subieron a ella, en Córdoba, unos recién casados?

Mucho he peleado, pero también mucho reí sobre todos los caminos de España. Sin embargo, el convoy que recuerdo con cariño más férvido, es el primero; el del expreso Madrid-Hendaya. Lo componían el coche-correo—el coche de las almas, porque en él sólo viajan ideas—; los dos furgones para equipajes, dos sleeping-cars, apellidados los “Hermanos Sommier”, y cuatro vagones de primera clase: “El Tímido”, que no podía curarse de su miedo a los túneles y años después acabó en el mismo descarrilamiento en que “La Tirones” halló la muerte; “Doña Catástrofe”, el decano; “El Presumido”, que se movía mucho, particularmente en la tierra llana; “El Misántropo”, a quien adjudicamos este epíteto por su escasísima inclinación a hablar, y yo. Todos ellos viven en mi memoria, y no puedo evocarlos sin emoción. Son mi infancia y a su lado, fortalecido por ellos—todos eran más viejos que yo—afronté los primeros riesgos.

¡Cuánta experiencia—que es sabiduría de “primera clase”—acumulé en el transcurso de mis largos éxodos!... ¡Cómo aprendí a conocer la vida y a desmenuzarla!... Yo he sido hostal ambulante de militares, de curas, de monjas, de comediantes, de estudiantes, de toreros, de ministros, de ladrones, de enamorados, de ricachos holgazanes, de hastiados que huían de sí mismos...; y tanto convivieron conmigo, tantas veces me rozó el aliento de sus lacerías y de sus ansias, que ahora la envidia, la ambición, la traición, la avaricia, la hipocresía, el disimulo... todo ese venenoso manojo de víboras que dormitan en el fondo del alma humana, me son familiares y... ¿a qué negarlo?... casi son mías también. Además, en esa “velocidad”, en esa inquietud perpetua, rasgo-cumbre de mi arquitectura moral, hay mucho de ansiedad, de impaciencia, de pavura, de furor...

No me sorprendería, pues, que a veces mis lectores se olvidasen de que es un vagón quien habla: porque mis confesiones son tan humanas, corren por ellas tantos jugos de maldad y de dolor, que obra de hombre parecen.

IV

¡Cuánto envejecen la lucha y el miedo a morir! Las emociones que nos da el peligro, ¡cuán hondamente se clavan en el alma!... Yo, al emprender mi primer viaje, era un niño, y al arribar a Madrid, catorce horas después, podía considerarme mayor de edad. Estaba cansado, cubierto de humo y de polvo, trágicamente sucio por fuera y por dentro, pero engreído de mi aguante. Toda una noche mis rodajes trabajaron sin recalentarse, y mi dínamo, mi calefacción y mis tuberías para la limpieza, funcionaron bien. Por tanto, mi valor, como el de los militares que fueron a campaña, estaba “probado”; lo que otro vagón hiciese, podía hacerlo yo. Mi personalidad, congestionada de amor propio, se había puesto en pie.

Todavía el furgón de cola corría bajo la marquesina de la estación de Irún, cuando El Tímido, que iba detrás de mí, comenzó a temblar. Su miedo me turbó.