¡Irse!... Palabra divina y terrible en la que los conceptos de “ser” y de “no ser”, se dieron cita. Irse es convertir el Espacio en Tiempo, porque quien camina conforme va llegando va marchándose, y así realiza el milagro de no estar completamente en ningún sitio. ¡Y yo caminaba! Vi los andenes, que parecían resbalar hacia atrás; el arco de la marquesina de la estación que dibujaba una ceja enorme sobre el cielo crepuscular, los discos de señales en cada uno de cuyos cristales, blancos, verdes o rojos, había una advertencia...

Desde entonces, ¡cuántas enseñanzas y cuántas aventuras, me aportaron los años!... Conozco bien las principales regiones españolas, he atravesado todas las cordilleras, desde la Cantábrica a la Mariánica, y bajo mis ruedas han pasado todos sus ríos, desde el Bidasoa al Guadalquivir. Cerca de diez años consecutivos trabajé en la línea Madrid-Hendaya, una de las más bellas y más duras de la Península; luego pasé al “correo” de Galicia, y después de rodar una breve temporada sobre la vía de Asturias, la Compañía “Madrid, Zaragoza y Alicante” me compró y trabajé ocho años en la línea de Sevilla. Más tarde conocí la de Valencia. Ultimamente, y durante dos lustros, fuí uno de los nueve vagones del expreso Madrid-Barcelona. Asímismo he rodado por el litoral catalán hasta Cerbere. Tengo, pues, motivos sobradísimos para conocer el tumultuoso trajín de los caminos de hierro.

Hablaré primeramente de la máquina:

Antes las compañías ferroviarias imponían a sus locomotoras nombres de ciudades o de ríos. Con el ansia de velocidad que distingue a la vida moderna, aquella costumbre pintoresca se extinguió y los primitivos nombres fueron substituídos por números; los números hablan más de prisa que las letras. Pero nosotros, los vagones, continuamos designando a las máquinas con quienes hemos trabajado por medio de remoquetes o apodos inspirados en el carácter de aquéllas. Además de “La Recelosa”, cuyo miedo invencible a los abismos hacía sonreir al convoy, recordaré a “La Fanfarrona”, que murió en el terrible choque de Venta de Baños; “La Tirones”, llamada así por los muy fuertes que nos daba al arrancar, y los encontronazos que nos infligía al detenerse; la pobre frenaba mal y también finó trágicamente; “La Caliente”, que abrasaba, como ninguna otra, nuestros tubos de calefacción; “La Económica”, que sorprendía a los maquinistas y fogoneros por el poco carbón que gastaba; “La Impetuosa”, a quien desde un verano en que llevó a los Reyes a Santander la apodamos “La Casa Real”; aunque vieja, todavía trabaja; “La Regadera”, “La Enanita”, “La Millanes”, “La Sin-Miedo”...

No ofrecen los diccionarios palabras que expresen el aplomo ufano, la confianza optimista, que inspira a los vagones una de esas enormes locomotoras alemanas o yanquis cuyo precio no baja de doscientas mil pesetas, y que con su fuerza y sus ciento veinte toneladas de peso, así pueden inmovilizar al tren casi instantáneamente, como arrastrarlo a una velocidad de noventa y aun de cien kilómetros por hora. La máquina es el alma del convoy, su voluntad embestidora, su verbo. Todas las iniciativas y todas las responsabilidades, suyas son. Ella silbará pidiendo “vía libre”, ella sabrá si debe avanzar o detenerse, y de noche sus ojos enormes—uno blanco, otro púrpura—aclararán el misterio entintado de los caminos. Ella nos envía el calor sagrado y escucha los llamamientos de nuestros aparatos de auxilio. Ella nos impulsa y con sus frenos nos agarrota. Un espíritu heroico de sacrificio la obliga a marchar siempre delante, como venteando los riesgos de la ruta; muchas veces, al tomar una curva, se despeñó ella sola. En cambio, por donde pase, su séquito puede avanzar también. En los choques—más de uno he sufrido—ella fué la primera víctima, y en el acto su despedazada mole, bermeja y humeante, se irguió ante el convoy como un escudo. Ella es la unidad y los coches los ceros; los coches son “hembras”, aunque la gramática los incluya en el género masculino. Cuando ella emprende alguna carrera vertiginosa, nosotros la seguimos contentos y dóciles, transmitiéndonos fielmente el vigor que nos manda, y la retorcida columna de humo de su chimenea tiene, a nuestros ojos, la petulancia retadora de un airón. Desobedecerla equivaldría a morir. Pero, ¿quién discutiría sus órdenes cuando su fuerza es la del Destino. La locomotora es el macho, es el sol...

El cariño de unos vagones para con otros no reviste este aspecto admirativo: es tan sincero como aquél, pero más llano, más íntimo, más “de igual a igual”; que, al cabo, aunque los sleepings creen merecer más que nosotros, los de “primera clase”, como nosotros desdeñamos a nuestros camaradas de “segunda”, y éstos a los de “tercera”, y los “tercera” a los furgones, quienes a su vez entre sí se invectivan y desprecian según la calidad de las cargas que suelen transportar—pues nuestra vanidad, como la de los hombres, aun a lo mínimo se agarra para papelonear y empinarse—, lo cierto es que todos somos hermanos, pues ante el peligro valemos lo mismo, y que nuestra vulgaridad y pasividad nos obliga a constantes armonía y obediencia.

Las unidades de los trenes llamados “de lujo”, no se desenganchan casi nunca; tanto por efecto de la natural desidia de los individuos encargados de su limpieza, como por aquella escasez de “material rodante” de que frecuentemente se lamentan las Compañías. De manera que el convoy llegado a Madrid por la mañana, procedente, verbigracia, de Barcelona, será el mismo que, anochecido, tras nueve o diez horas de descanso, salga para la ciudad condal. Esto, indudablemente, aprieta los lazos de nuestro mutuo afecto, y una convivencia diaria de meses y aun de años, nos permite conocernos íntimamente. Sabemos cuándo vamos bien o mal frenados, cuándo las cañerías del vapor de agua están expeditas, cuándo la vía ofrece peligros y si alguno de nosotros, al subir una pendiente o al coger una curva, necesita ayuda... Yo, viajando en el “expreso” de Hendaya, llegué a conocer los cambios atmosféricos en los crujidos del vagón que rodaba delante de mí. Lo apodábamos “Doña Catástrofe”, por haber descarrilado varias veces, y todos, aunque le queríamos, nos burlábamos de él: era un viejo coche a quien las humedades norteñas afligieron mucho. Su tablazón se hinchaba, y en las épocas lluviosas el infeliz gemía y tenía, de derecha a izquierda, un vaivén particular que nunca me engañaba.

Los convoyes de los “mixtos” y de los “mercancías”, se reforman a cada momento: en unas estaciones les añaden coches, en otras se los quitan; son organismos de aluvión, desprovistos de majestad y pergeñados exclusivamente para servir al comercio y a los pobres viajeros de “tercera clase”. Su aspecto abúlico y cobarde de rebaño, siempre me ha inspirado pena. Sus locomotoras son viejas y las gobiernan los maquinistas menos hábiles; cada vagón tiene un color y un tamaño, y los destinados al acarreo de ganados exhalan olores pestilenciales. Cuando el tren hace alto, los coches, mal ligados, chocan violentamente entre sí. ¡Bien se advierte que son los parias de la Compañía y que, sobre trabajar sin gusto, no se quieren!...

Por el contrario, nosotros, los “distinguidos”, fraternizamos bien y somos aventureros y alegres, como una compañía de comediantes. Por tales se tenían mis excelentes compañeros de la ruta de Sevilla, y con términos de la amable farándula nos burlábamos en nuestros breves ratos de descanso. La locomotora era “La Empresa”; el furgón de cola, por ser el más viejo, lo llamábamos “El Barba”; un “primera” era “El Barítono”, y el sleeping, testigo presencial de innumerables escenas de alcoba, “La Primera Actriz”. A mí, aunque conocían mi verdadero nombre, por lo nuevo y buen mozo, me apodaron “El Representante”.

En las estaciones del tránsito cuchicheábamos: