Yo todavía no había osado comunicarme con ninguno de los camaradas entre quienes estaba; su edad, sus cuerpos cubiertos de cicatrices, su fatigada experiencia, me cohibían. Yo era un niño; yo, recién llegado, no tenía derecho a importunar a aquellos veteranos de los caminos. Ellos tampoco demostraban deseos de hablar. Un grave silencio pesaba sobre el convoy, iluminado y vacío. Al cabo—¡cuánto se lo agradecí!—el sleeping me habló:
—¿Qué dice el bisoño?...
—Tengo miedo—repuse.
Al coche que iba a la zaga mía, le interesó el diálogo.
—¿Qué ha contestado el novato?—interrogó.
Repetí.
—Digo que tengo miedo.
—¡Más miedo tendrás—exclamó el sleeping—cuando echemos a andar: tú no sabes lo que es ir aquí!... ¡Y ya puedes alegrarte de que te hayan puesto en el comedio del tren: es donde se camina mejor!...
Los viajeros iban llegando y repartiéndose a lo largo del convoy. Mi primer pasajero fué una mujer, lo que me pareció de buen agüero. Tras ella subieron otras muchas personas, y en pocos minutos mis redecillas para bagajes y mis asientos fueron ocupados. Pasaban diablas cargadas de baúles... Yo me sentía mal: la calefacción, la electricidad, el calor que irradiaban mis inquilinos, me causaban un desasosiego congestivo. Con impaciencia, aguardé la señal de marcha; ¡necesitaba aire!... A las siete, en punto, partimos. La máquina silbó.
—Ya nos vamos—observó el sleeping.