También soy caprichoso y un poco artista, y por serlo me molestan la fiscalización que sobre mí ejercen los relojes de las estaciones, el automatismo invariable de mis movimientos y la monotonía de mis itinerarios prefijados y de mis caminos “oficiales”, anchos de un metro seiscientos setenta milímetros...
Porque mi vagar libérrimo es sólo aparente: la libertad es algo precioso que yo llevo y traigo, pero que no me pertenece; la libertad es para mí lo que el dinero para esos cobradores de los Bancos, que a diario manejan millones y andan medio descalzos; lo que el amor para las pobres “desnudables” que viven del amor y en el amor... ¡y sin amor!... Por eso, desde muy mozo, me hice fatalista, y los hombres, a examinar mejor los mecanismos íntimos de su vida, lo serían también, pues todas las voluntades, aun las más díscolas, recorren trayectorias inmutables, y hasta las mismas razas tienen—como nosotros—en su Destino, una locomotora que las arrastra.
En cambio, y esto me alivia y desquita de los sinsabores que dejo apuntados, he gustado plenamente las emociones turbadoras de los viajes, y el cariño abnegado, la solidaridad fraternal que liga a todas las unidades de un convoy, y es un derivativo de aquel otro inmenso amor sumiso que todos profesamos a la máquina.
Este cariño de sierva enamorada—cariño todo esclavitud—empecé a sentirlo aquel hermoso día de junio en que me llevaron a formar parte del expreso Madrid-Hendaya; distinción que—más tarde lo supe—me captó el odio de varios colegas que, aunque de clase distinguida, trabajaban en trenes de menos categoría. Lo cual demuestra que por todas partes hay envidias y celos, a pesar del gran consumo que de estas dos suciedades hacen los hombres...
A poco de hallarme fuera de los talleres, una de esas máquinas-pilotos, pequeñas, activas, que cuidan de ordenar los convoyes y son como las amas de llaves de las estaciones, apoderóse de mí y a través de un dédalo de rieles entrecruzados como los hilos de una malla, me arrastró hasta dejarme colocado sobre la ruta internacional. En seguida lanzó un silbido corto y se marchó resoplando; parecía regañar. Yo la miraba; me hacían gracia sus movimientos, su cuerpo achaparrado, en el que latía una vivacidad de mujer chiquita y hacendosa. Me quedé solo, junto al andén. En mi misma vía, detrás de mí, había otros vagones; delante, lejos, estaba la locomotora, la mía, “mi dueña”, la que debía guiarme hacia el horizonte. Hallábase al lado de un depósito de aguas, bebiendo: la acompañaban un furgón de equipajes y un sleeping-car. Su aspecto infundía miedo: era gigantesca, poderosísima y su dorso negro y sudoroso, bruñido por el sol, descollaba sobre la pirámide de carbón del “ténder”. Me pareció sentir el calor de sus entrañas incendiadas y latientes. Pertenecía a los colosos de la “serie cuatro mil”. La oí palpitar: respiraba autoridad, impaciencia, ímpetu...
—¿Me hará daño?—pensé.
Como a los niños, al nacer, la primera impresión que me daba la vida era de dolor.
Esperé largo tiempo; la tarde declinaba y mi interior iba poblándose de sombras. La máquina había desaparecido. De pronto la reví: se acercaba rodando hacia atrás, empujando al coche-cama que debía chocar conmigo. La prudencia de su marcha me tranquilizó: sin embargo, cuando comprendí que el golpe iba a producirse, temblé de pavura; hubiese querido huir... pero ¿cómo moverme?... Cuando recibí la topetada—breve, seca, como una orden—retrocedí varios metros; luego el vagón que me había empujado volvió a alcanzarme con un segundo empellón más suave, y continué retirándome hasta dar con los coches situados a mi espalda. Así, repentinamente, me reconocí colocado en el centro del convoy, compuesto de nueve unidades. Inmediatamente varios mozos de andén, con singular presteza acudieron a ligarme a mis dos compañeros de viaje más próximos, y entonces comprendí la utilidad de algunos miembros cuyo empleo desconocía. Las planchas metálicas que, al amparo de un fuelle, especie de túnel de cuero, establecían un tránsito entre ellos y yo, me produjeron, al cruzarse, la emoción de un apretón de manos; y los hierros y cadenas que, al sujetarnos unos a otros, parecían fortalecer nuestra amistad, fueron expresivos para mí como raíces o como dedos. No obstante, me sentía inquieto; aquellas compresiones, cada vez más enérgicas, me desazonaban; temía morir aplastado y, al propio tiempo, nacía en mí el orgullo de mi fuerza que, alternativamente, resistía y reaccionaba. La máquina—después supe que la llamaban “La Recelosa” por el miedo con que entraba en las curvas—comenzó a apretar los frenos; en seguida los aflojó y volvió a apretarlos, cerciorándose de su obediencia. Todas estas operaciones inesperadas y nuevas para mí, me sobresaltaban. Luego un calor, un terrible calor, me invadió, y otras extrañas sacudidas me estremecieron.
El jefe de tren vino a inspeccionarme seguido de un fontanero, de un electricista y de uno de esos empleados que en la jerga ferroviaria llaman “rutas”. Empezaron a reconocerme. La tubería de la calefacción quemaba; no podían poner en ella los dedos, y esto les satisfizo. El “aparato de alarma” funcionaba perfectamente; lo sentí en la violencia súbita con que las zapatas oprimieron mis ruedas. Mis examinadores hicieron girar las llavecitas de la luz, y me llené de claridad blanca; todos los cristales de mis ventanas subían y bajaban sin tropiezos; todas las puertecillas, de corredera, de mis compartimientos, cerraban bien; un torrente de agua limpia había invadido las cañerías y depósitos del cuarto-tocador.
—¡Bonito coche!—recuerdo que exclamó uno de aquellos hombres al marcharse.