El más enfurecido iba sin sombrero y repitiendo a gritos:

—¡Yo necesito llegar a Sevilla mañana!... ¡Si no llego, pierdo cuarenta mil duros!...

Uno decía:

—¡Da vergüenza ser español!

Y varios, a la vez:

—¡Sí, señor; da vergüenza!...

Hablando así mirábanse unos a otros, satisfechos de lucir su cosmopolitismo y su elegancia. Los manifestantes, a quienes seguía un centenar de desocupados, hallaron al jefe de Estación y al interventor del expreso cerca de mí, y en altas voces manifestaron su pretensión. Expúsoles el jefe, con bien concertadas palabras, la imposibilidad de complacerles por no haber coches disponibles. Uno replicó estúpidamente:

—¡Pues, los inventa usted!

Frase que, no obstante su ausencia de sentido, enardeció a todos aquellos señores notablemente. Los brazos se levantaban, arreció la gritería y las manos volvíanse amenazadoras. El caballero “de los cuarenta mil duros”, exclamó:

—¡Si yo no salgo para Sevilla esta noche, al director de esta Compañía le doy un tiro!