Un señor pequeñito decía, mirando a una y otra parte con ojos de tigre:
—¡Esto nos sucede porque no tenemos coraje! ¡Aquí no hay sangre!... ¡En Alemania el pueblo ya hubiese quemado la estación!
El jefe replicó mesurado:
—No, señores: ni en Alemania, ni en ningún país bien civilizado el público protesta, porque supone que cuando los empleados que están a su servicio no le complacen, es que no pueden.
Todos rugían:
—¡Es un abuso!... ¡Si no ponen un coche para nosotros, no dejaremos salir el tren!...
—¡La máquina—gritó el jefe para que todos le oyesen—no puede arrastrar más coches de los que lleva! ¡Ya lo saben ustedes!... Los señores que quieran marchar hoy, que vayan de pie!... Les autorizo. ¡No puedo hacer más!...
Los manifestantes replicaron:
—¡Pues, no sale el tren!... ¡No le dejaremos salir!...
El jefe, que durante la discusión había ido perdiendo terreno, reaccionó: