—¡Atrás todo el mundo!—ordenó de súbito—; ¡retírense ustedes... o me veré obligado a llamar a la guardia civil!

Los revoltosos, maquinalmente, retrocedieron algunos pasos; amainaban. El jefe repitió, avanzando:

—Esta parte del andén la necesito libre. ¡Atrás todo el mundo!

La multitud, acobardada, volvió a retroceder, silenciosa, con una humildad de rebaño. Yo pensaba: “—¡Cómo le hubiese gustado al pobre Dos-Caras ver todo esto!...” Al mismo tiempo sonó una campana, La Regadera silbó y el convoy se puso en movimiento. Asomado a una ventanilla, El Meñique saludó a sus amigos quitándose el sombrero, de ala plana, y vi que el celebrado lidiador era calvo.

—¡Viva Manuel!—gritó una voz desde el andén.

Muchas voces acaloradas repitieron:

—¡¡Viva!!...

Mientras “Su Excelencia”, desde su coche, sonreía al público, como si aquellas adhesiones de simpatía fuesen para él.

El Meñique asistió a la “primera mesa”, y la emoción que su presencia produjo en el dining-car debió de ser extraordinaria, porque al regresar a mí le seguían quince o veinte personas que viajaban en otros coches. Esquivando aquella adhesión pegajosa el matador entró en su departamento, donde se sentó; quitóse luego el sombrero, y bajo la luz su calva socrática brilló con una melancolía de marfil antiguo: en aquella posición su nariz aguileña parecía más larga, y su rostro cenceño, prematuramente aviejado por la inquietud, ofrecía, ora sobre los pómulos y el mentón, ya en las depresiones de las secas mejillas, todas las tonalidades del cobre.

Atento a cuanto el ilustre torero decía a sus amigos, pronto fuí conociendo los nombres de los que le custodiaban de más cerca. Sentado a su izquierda tenía a su apoderado, don Ricardo Fernán, persona, al parecer, de su mayor predilección; y a la derecha a un joven prócer, de charlar abundante y reir estentóreo, a quien unos y otros familiarmente llamaban “marquesito”. En el vano mismo de la puerta y ocupándola casi por completo con los hombros, permanecía Juanito Paisa; un notario joven de Sevilla, al que todos respetaban por su manifiesto ascendiente sobre Manuel. A Juanito le vestía el sastre de Manuel, y le calzaba el zapatero de Manuel, y su sombrerero era el de Manuel. Juanito Paisa era, por antonomasia, “el amigo de Manuel”, y se le conocía y consideraba por esto más que por su profesión, cual si el rasgo culminante de su biografía fuera haberse captado el afecto del matador. Por tanto, a Juanito Paisa no le molestaba que “el marquesito” estuviese arrellanado al lado de Manuel: si el aristócrata ocupaba aquel sitio era porque él, generosamente, se lo había cedido; él no quería “acaparar” a Manuel; un hombre como El Meñique se debía a la humanidad, y la felicidad conviene repartirla; pero estaba cierto de que, a la menor insinuación suya, “el marquesito” se habría levantado. Detrás de Juan Paisa, a lo largo de mi corredor, muchos curiosos se estrechaban con el deseo de ver al lidiador: los más pequeños, a pesar de mis temblequeos, se ponían de puntillas. Todas mis plazas iban ocupadas; hacía calor y la fuerte respiración de las ventanillas no bastaba a refrescar la atmósfera.