El tema de las conversaciones era el arte de Manuel González y su miedo a los toros. También se habló del hombre: un viajero le había encontrado más delgado que antes; otro le hallaba lo mismo; un tercero celebraba los brillantes que el espada lucía en la pechera. Se glosó largamente la herida por que cojeaba Manuel; la tenía en el pie derecho, a la altura del tobillo.

—Se la hicieron con una botella en el preciso instante de entrar a matar. Dicen los periódicos que ya le habían dado el “segundo aviso” y que el público se impacientaba.

Estas conversaciones que, por concerner a lugares y asuntos desconocidos para mí, yo traducía mal, me interesaban menos que el entusiasmo ingenuo de los platicadores, quienes por ocuparse de Manuel, hasta de sus propios asuntos se olvidaban. Esta unánime y férvida admiración me sorprendía; era nueva para mí; yo nunca había visto tantas almas vibrar a compás, y pensé que en una novela de costumbres taurinas, antes que al matador el papel capital debía adjudicársele a la muchedumbre, pues lo pintoresco, lo inverosímil dentro de los grados más agudos de la comicidad, lo bufo, en fin, está en la muchedumbre.

A lo largo de mi tránsito yo oía cuchichear:

—¿Qué hace ahora El Meñique?...

Esta curiosidad candorosa, que todos hallaban muy legítima, muy razonable, corría de unos viajeros a otros hasta la puerta donde “el amigo de Manuel”, cuya conocida privanza todos envidiaban, montaba una guardia sin sueño, y la respuesta venía en seguida:

—Está hablando de las corridas de Sevilla...

Y esta información era para todos tranquilizadora y dulce como una ráfaga de buen aire.

Luego circuló la noticia de que El Meñique había pagado siete mil pesetas por un caballo; después, que quería comprar un cortijo a orillas del Guadalquivir...; y durante larguísimo rato mis huéspedes no supieron hablar más que de caballos y de cortijos.

Un caballero, de buena traza y frondosos bigotes, que viajaba con su esposa y dos hijas, ya mujeres, dejó su asiento con propósito de saludar al Meñique.