—¿Volverás pronto?—le preguntó su mujer.
—En seguida.
Salió al corredor y, favoreciéndose con los codos, comenzó a abrirse paso; la tarea era ardua, porque la masa de viajeros allí estacionada apenas ofrecía suturas. Sin embargo, apoyándose en unos, empujando a otros suavemente, recurriendo con urbanas frases a la amabilidad general adelantando siempre de perfil, como si nadase contra corriente, el caballero “del frondoso bigote” consiguió acercarse a Juanito Paisa, cuya atención solicitó tocándole en un hombro. Paisa volvió la cara.
—Buenas noches; dispénseme usted: deseaba saludar a Manuel...
“El amigo de Manuel” fijó en el recién aparecido una mirada escrutadora, una mirada de portero. Indagó:
—¿Usted le conoce?
—No, señor... y quisiera tener ese gusto. Si usted le trata y puede presentarme...
Las mejillas de Juanito Paisa se arrebolaron de orgullo; destosió y sonrió jactancioso.
—¿Que si puedo presentarle?... ¡Ya lo creo! No podía usted haberse dirigido a nadie mejor que a mí. ¡Como que el mejor amigo suyo soy yo!... Pero tendrá usted la bondad de aguardarse un poquito, porque Manuel está hablando y le molesta que le interrumpan.
Muy paciente, el señor “del frondoso bigote” repuso: