—Esperaré...

Aquel aplazamiento le irritó unos segundos; en seguida se serenó: miró hacia atrás, comprendió el difícil camino que acababa de recorrer, y esta consideración le regocijó hondamente. Desde la posición conquistada podía ver al Meñique y hasta oír, de cuando en cuando, alguna palabra de las muchas que iba diciendo, y experimentó la satisfacción del hombre que se reconoce bien situado en la vida. Juanito Paisa le había vuelto la espalda. Transcurrieron doce o quince minutos, y el señor “del bigote frondoso” se creyó olvidado; los omoplatos de Paisa proyectaban sobre él una emoción de soledad; volvió a sentirse abandonado, casi desgraciado...; a punto estuvo de regresar a su compartimiento, pero pensó que su mujer y sus hijas le pedirían detalles de su conversación con El Meñique, y esto hízole variar de propósito. Sacando ánimos de su propia flaqueza, llamó la atención del “amigo de Manuel”.

—¿Podrá ser ahora?—murmuró lo más gentilmente que le fué posible—; porque... como mi familia me aguarda...

Juanito Paisa comprendió la tribulación de aquel hombre; por iguales zozobras había pasado él antes de llegar a ser, a fuerza de constancia y de pequeños sacrificios, el mejor amigo del matador... ¡y fué clemente!

—¡Ahora mismo!—exclamó—. ¡No se apure usted!...

Avanzó lo necesario, lo estrictamente necesario, para que el señor “del frondoso bigote” pudiese franquear la puerta, y agregó, dirigiéndose al torero:

—Manuel, dispensa: aquí hay un caballero empeñado en conocerte...

Manuel González se levantó; sus labios obscuros insinuaron un movimiento que no llegó a cuajar en sonrisa, y extendió su mano al recién llegado; aquella mano que se mojaba en sangre de toro todos los domingos.

—Celebro verle a usted tan bueno, amigo—dijo.

—Muchas gracias, igualmente—repuso, visiblemente turbado, el señor “del frondoso bigote”.