No dijo su nombre. ¿Para qué? Hubiera sido un rasgo de orgullo. Allí ni él ni los demás significaban nada; ante el matador glorioso no podía haber más que admiradores.

El Meñique añadió cortés, brindándole su asiento con un ademán:

—Si quiere usted descansar un rato...

—Muchas gracias... muchísimas gracias: sólo vine por tener el honor de saludarle...

Esta fineza la agradeció El Meñique con otro ademán. Después se creyó obligado a presentar a las dos personas con quienes se hallaba:

—Don Ricardo... “el marquesito”... un señor que quería conocerme...

El visitante, por momentos más cohibido, se inclinó varias veces. Hecho lo cual, y sin más preámbulos, ofreció al espada un riquísimo habano.

—Para que se lo fume usted a mi salud—dijo—; en el estanco de la estación no había nada mejor.

Manuel miró a su apoderado, sonrió y se guardó el obsequio en un bolsillo.

—Se agradece—murmuró.