Muy satisfecho de sí mismo, “el señor del bigote” volvió a estrechar la mano del diestro; despidióse de Juanito Paisa, agradeciéndole mucho el favor que acababa de hacerle, y de nuevo rompió a través de los viajeros que obstaculizaban mi corredor. Tras él, con admiración, la gente cuchicheaba:
—Es un amigo del Meñique...
Y las miradas envidiosas le seguían.
En Alcázar de San Juan una veintena de personas esperaban la llegada del expreso para saludar a Manuel, y “el ídolo” tuvo que asomarse a una ventanilla. Todos le preguntaban lo mismo:
—¿Y el pie?... ¿Cómo está el pie?...
—Va mucho mejor.
—¿Un botellazo, verdad?...
Con mucha flema, El Meñique repetía:
—Sí, un botellazo...
Su longanimidad, su elegante resignación, inflamaban en sus adictos su cariño hacia él.