—Si yo llego a estar allí—decían—, te juro que el bárbaro que te tiró la botella se la come...

El diestro no contestaba; parecía fatigado.

—Iremos a Sevilla, a aplaudirte—ofreció uno.

—Vamos todos y te sacaremos de la Plaza en hombros—exclamó otro.

Tristemente, Manuel González repetía:

—Muchas gracias; si tengo suerte...

Silbó La Regadera y empezamos a rodar. Entonces aquellos hombres corrieron a lo largo del andén; se empujaban, se atropellaban, mientras decían:

—¡La mano, Manuel!... ¡Dame la mano!...

Ninguno quería renunciar a este honor, y Manuel González procuró complacer a todos. Luego, mientras Juanito Paisa se precipitaba a cerrar el cristal de la ventanilla, noté que El Meñique movía y se miraba los dedos, como si le doliesen. Juanito, que no le quitaba ojo, también lo advirtió.

—¿Te han hecho daño, verdad?... ¡Pero si mil veces te recomendé que no le dieses a nadie la mano!...