Burlón y melancólico, Manuel suspiró:

—¿Y qué voy a dar, Juan?

—¡Das una rodilla!...—replicó el notario.

Por el corredor circuló la noticia de que El Meñique acababa de lastimarse, y muchos viajeros, que ya se habían sentado, volvieron al pasillo. Con gran regocijo de su corazón, “el amigo de Manuel” sintióse obligado a repartir explicaciones.

—A mí, si doy la mano—decía—no me sucede nada; pero a Manolo la gente le quiere demasiado y, sin intención, por supuesto, le estropean. El año pasado, en Madrid, al apearnos del tren, un admirador le cogió una mano, y con la alegría de verle empezó a apretársela... más... ¡más!... sin poder contenerse, como en un frenesí epiléptico, hasta que se la magulló de manera que al siguiente día no pudo torear.

Contempló al “ídolo” con humildes y enternecidos ojos.

—Por eso—terminó—apenas viene alguien a saludarle, me pongo a su lado: ¡yo no consiento que a un hombre tan bueno como él se le haga daño!...

Las sombras que el expreso proyectaba a un lado y otro, sobre los repechos, me indicaban que los huéspedes de los demás coches dormían, pues todos los vagones iban a obscuras. Unicamente mis ventanillas persistían iluminadas, y mis viajeros, como desvelados por la vecindad del matador, no pensaban dormir.

En Manzanares, donde El Meñique recibió de un grupo de adictos manzanareños vítores y parabienes conmovedores, subió a mí un individuo treintañal, pequeño y flaco, que, no bien columbró a Juanito Paisa, fuése a él con los brazos abiertos.

—¡Juanito... Juanito!...—repetía aquel señor conforme iba andando—. ¡Juanito!...