Por ejemplo: siendo muy mozo, llegué un anochecer autumnal a un pueblo vasco. ¿Era Andoaín? ¿Era Urnieta?... ¿Hernani, quizás?... Poco importa: sólo sé que llovía bien, que hacía frío y que el aguacero tamborileaba sobre las techumbres y los cristales del convoy. Lejos, en el paisaje neblinoso, fulgían algunas luces. Olía a jaras. Detrás de la pequeña estación, de pronto, resonó un rasgueo de guitarras, y una voz varonil, entonada y caliente, empezó a cantar un zorcico. Aquel crepúsculo húmedo, aquel porfiado llover, aquella tonadilla triste... ¡qué bien rimaban!... La copla parecía diluirse en el paisaje lloroso, y el paisaje, a su vez, sollozaba en la canción. ¿Por qué ahora, después de tantos años, este delicado recuerdo vuelve a mí?...

Por movedizo y vagabundo quizás, me interesaban los ríos, cuyas aguas sólo nos dicen adiós una vez; y más que los ríos, que realizan la paradoja de los que estando siempre en marcha nunca acaban de irse, los caminos.

¡Oh! ¡Esos caminos que, de noche, bajo el livor astral, simulan cauces secos!... ¿Quién no sufrió su poesía arcana?... Ellos significan mucho más que un lazo de unión entre dos pueblos: parodia dichosa son del Tiempo, porque como él están a nuestro lado, y delante... y detrás; y como él no cambian, y, sin embargo, jamás hubo sobre ellos dos puntos exactamente iguales; y, como él, en fin, no se mueven y parece, no obstante, que se van. Asímismo constituyen, al igual del Tiempo, el vehículo de lo más malo y de lo más dulce: por ellos ambulan la Gloria y la Suerte; por ellos vienen las novias de los hombres, vestidas de blanco; por ellos, tras la diosa Aventura, se fueron los hijos, y los padres pasaron en un coche negro... Son también la experiencia, y por eso, sin hablar, guían; y mientras el campo uniforme calla, ellos, al peregrino que equivocó su rumbo, le dicen: “¡Sígueme!”...

Si la tierra, con todas aquellas divisiones que la geografía política determina, representa “el rostro de la humanidad”, los caminos marcan los pliegues o surcos de ese rostro. Las emociones, siguiendo una vez y otra trayectorias idénticas, llegan a pintar arrugas en la cara del hombre, como las gentes rústicas, ambulando sin otro guía que su instinto, bocetaron los primeros caminos; y su intuición fué certera, pues generalmente el lápiz del ingeniero ratificó más tarde, sobre el papel, el rumbo que en el campo verde dejaron los pies descalzos del patán. En las fisonomías inteligentes y movibles abundan las arrugas, como en las naciones muy trabajadas por el progreso hay muchos senderos. Para las impresiones, los surcos de la piel son los caminos del semblante; para los vagabundos, los caminos son las arrugas de la tierra.

Caminos de hierro, por los que, con una velocidad de ochenta y de noventa kilómetros por hora, corre la vida; caminos carreteros, limpios, señoriales, que devanáis vuestra cinta gris bajo el amparo de la Ley; caminos de herradura que, atravesando bosques, guardáis en vuestra línea ondulante un gesto incierto y trovador; caminos cubiertos, suspendidos atrevidamente entre el llano y el acantilado del monte; veredas serranas que, trepando unas veces, descendiendo otras, bordeáis el espanto de los abismos y conserváis—semejante a un perfume silvestre—la indecisión del primer viajero; rutas, en fin, sea cual fuere vuestra categoría y preeminencia, con que el horizonte responder parece a la insatisfecha impaciencia de los hombres: ¿quién no ha sentido vuestro imán; quién nació tan sordo de corazón que no oyese vibrar, en lo más recogido de su alma, vuestra voz sirena?... ¿Y cuál es vuestra poesía que lo magnificáis todo de manera que, hasta el mismo mar, cuando la luna tiende sobre él su calzada de plata, se ofrece más bello?...

¡Ah!... Si yo pudiese hablarles a los humanos les exhortaría a no languidecer, ni un instante, en el estéril reposo de las vidas quietas, sino a marchar constantemente, así por los caminos del mundo, como tras las ideas y las pasiones, caminos del espíritu. Yo les diría: “Hombres, viejos o jóvenes: desead, moveos, renovaos sin sueño, adorad los caminos: tened siempre un rumbo para vuestros pies, llevad siempre encendida en el alma, a modo de brújula, una ambición. Por mucho que hayáis luchado, acordaos de que la Muerte, cuando llegue a vosotros, os debe hallar en pie”...

Esto que digo de los caminos, explica mi cariño a los árboles, que reparten el bien y mueren en silencio, y tienen la dulzura de la filosofía panteísta.

No hablaré de aquellos que cubren los parajes solitarios y, amparándose unos a otros, forman bosques espesos: los castaños, los robles, los nogales, los alcornoques, los pinos siempre verdes, las encinas—mis abuelas—torcidas como raíces, los olivos descendientes de los que florecían en el huerto donde Jesús se dejó atar las manos. Todos ellos viven apartados del tráfago humano y parecen felices: lozanean a su alrededor altos herbazales que, defendiendo la frescura del suelo, los benefician; por las mañanas, sus frondas sin polvo y mojadas de rocío tienen la fuerte alegría verde del mar. En verano, a la hora sin brisas de la siesta, el canturreo lascivo de las cigarras los adormece, y de noche, bajo la melancolía lunar, sus sombras, alargadas sobre la tierra, parecen almas. Así viven siglos: nadie los molesta; de tarde en tarde, un cazador furtivo, un grupo de contrabandistas, un tren que huye a lo lejos...

Tampoco hablaré de aquellos árboles que embellecen los jardines públicos. Alineados, podados, monótonos, no tienen la altivez ni la melancolía arisca de los otros, sus hermanos del bosque: antes muéstranse débiles y tristes, cual conscientes de su esclavitud. Son, no obstante, verdaderos mimados de la fortuna, y servidores uniformados vigilan su reposo, y limpian sus troncos de vegetaciones parasitarias y de insectos nocivos; se los abona, se los riega, se los rodea de césped, y cuanto les circunda es alegre, porque la muchedumbre que acude a los paseos sólo va a solazarse. Quizás estribe en esto mi desdén hacia ellos; me parecen empleados del ayuntamiento; no me interesan...

Entero mi amor lo consagro a los árboles olvidados de la suerte, a los árboles-parias, a los árboles trágicos, que el hombre o la casualidad sembraron al borde de los caminos. Nadie los defiende, nadie los cuida; y ellos, sin embargo, no vegetan egoístamente como los otros, sino que, bondadosos, extienden su ramaje sobre la aridez de la carretera por donde el dolor de la vida pobre, de la vida triste, pasa lentamente, y amparan al peregrino y defienden del sol a las bestias cargadas. Nunca pude ver sin emoción esas hileras de árboles que en la sequedad de la planicie castellana derivan hacia el horizonte marcando las ondulaciones de un camino. Parecen marchar tras de un entierro, y en su ramaje ralo que sombrea a intervalos la ruta polvorienta, hay un ascetismo. ¡Qué tristeza la suya, tan honda! Solos, abandonados, nadie acudirá a levantarlos si el huracán los derriba, ni los desembarazará de la cizaña, ni lavará el polvo calizo que mata su fronda, ni les dará un poco de agua cuando sus raíces, bajo el sol de agosto, mueran de sed. Nada los defiende. El carretero cortará de ellos la vara que necesita para apalear su ganado, y al pie de su tronco los pastores, en las noches de invierno, encenderán la hoguera con que han de calentarse. Eucaliptos, higueras, álamos erectos, chopos llenos de gracia, acacias plateadas... no merece perdón el ingrato que arranque a vuestro ropaje una sola hoja. Si sois bellos y buenos, si dais hermosura al paisaje y salud al hombre, ¿quién exigirá más de vosotros?...