—Apóyate en mí, Cabal—murmuró a espaldas mías El Negro.
Al término de la vía mi rival me aguardaba, y en cada uno de sus topes, redondos como puños, había una criminal amenaza. Sólo nos separaban cincuenta metros cuando el maquinista quiso dar contramarcha; pero La Sabrosa no amainó su velocidad; inquieto el maquinista afianzó ambas manos al volante, y por segunda vez fué desobedecido. Los frenos también parecían rebelados; el choque iba a ser terrible; varios empleados corrieron hacia la locomotora, gritando:
—¡Atrás... atrás!...
El maquinista, muy pálido, explicaba a voces:
—¡No puedo!... ¡No obedece!...
Al encontrarme con El Majo, le dije:
Y cerré contra él, sirviendo a mi destructora intención con todo mi peso. Lo hice descarrilar: primero fueron sus cuatro ruedas delanteras las que se salieron de la vía; luego su cuerpo comenzó a inclinarse y segundos después perdía el equilibrio y se desplomaba sobre un costado, al aire todos sus rodajes; como muerto. Su imperial, en casi toda su longitud, quedó abierta. Yo, con asombro y regocijo de mis camaradas, permanecí firme: ni una sola de mis piezas se estremeció; ni siquiera mi dínamo padeció. De aquella refriega, en la que, sin culpa, el fogonero y el maquinista quedaron heridos, yo salí únicamente con los cristales rotos.
Tres días permanecí ocioso, en tanto me arreglaban la cristalería y un carpintero remachaba algunos clavos que, con la percusión, habían sacado la cabeza de la madera como para enterarse de lo acaecido; y luego me añadieron a otro “expreso” recién formado; un convoy lleno de ese proverbial buen humor andaluz tan rico en hipérboles y en símiles dichosos. Mis compañeros se titulaban “cómicos”, y algo de esto recuerdo haber dicho en otro capítulo de estas “Memorias”. La máquina que trabajaba entre Sevilla y Córdoba era La Empresa; el coche-cama, La Primera Actriz; entre las unidades de “primera” había un Galán, un Apuntador, una Característica, un Barba... En cuanto a mí, aunque sabían mi nombre y mi reciente lance me enmarcaba de prestigio, empezaron a llamarme El Representante, por lo urbano y bien dispuesto que todos me hallaron, y con tan buena gracia lo hacían que ni una vez quise protestar.
Con estos excelentes camaradas rodé largo tiempo, y su optimismo y sus agudezas me proporcionaron muchos ratos amables. ¿Qué habrá sido de ellos? Todavía mi salud continúa recia, pero comprendo que el espíritu ha cambiado, y lo advierto en la desgana con que hablo, pues según las cosas—con los años—van perdiendo importancia a mis ojos, día tras día y en proporción igual me cuesta mayor trabajo discurrir con entusiasmo acerca de ellas. “Todo desmaya, todo envejece”...—pienso—; y la tristeza y el cansancio, entrañas de la vida, insensiblemente penetran en mí. He adquirido una capacidad nueva y útil para acercarme a lo que parece pequeño y conocer su profundidad, y merced a este don, el mundo lo imagino más caudal y variado que antes. A ello atribuyo la resurrección de ciertas imágenes que, durante tres o cuatro lustros, mi misma turbulencia juvenil mantuvo desechadas y como cubiertas de polvo en los últimos rincones de la memoria.