—Pues te corresponde la ofensiva, tómala con coraje.
—Luego me dirás—contesté orgulloso—si supe complacerte.
Y seguí a la máquina. Nuestro duelo había de ser, forzosamente, rapidísimo: limitábase al choque, más o menos rudo, que tendríamos después, al reunirnos; de consiguiente todo nuestro odio, todo nuestro futuro crédito también, debían concentrarse en un golpe supremo y decisivo. Para impedir que el maquinista—como siempre hacía—regulase el movimiento aproximativo de las dos partes del “expreso”, precisaba interesar a La Sabrosa en el desafío y erigirla en una especie de “juez de campo”. Por medio del Negro, del furgón de cabeza y del ténder, hablé con ella, y no bien cruzamos algunas palabras cuando su voluntad estuvo de mi parte.
—Es indispensable—la dije—que cuando volvamos atrás y yo me halle a cincuenta o sesenta metros del Majo, fuerces tu velocidad, para lo cual arréglatelas de modo que tu “regulador” no funcione, pues de lo contrario el maquinista te obligará a ir despacio.
—Lo haré así—repuso La Sabrosa—; pero, la verdad: ¿tienes muchos deseos de topar con El Majo?
—Quiero—exclamé vehemente—partirle el cuerpo.
—Vamos a dar un escándalo...
—No importa, pues que en ese escándalo va envuelta una lección. Conviene escarmentar a los perdonavidas.
—Pues, prepárate, Cabal, y reúne bien tus ímpetus—replicó La Sabrosa—porque ya volvemos.
Había bebido lo necesario y recogido seis mil kilos de carbón, y engrasada y reluciente retrocedía con su suave y poderoso rodar señorial. Desde otros carriles muchos vagones me observaban, y por la expectante atención que en ellos había les comprendí advertidos del lance. Aquellas miradas, en cada una de las cuales había un mordisco para mi amor propio, redoblaron mis ánimos: sentí que toda mi tablazón se contraía y endurecía, semejante a un músculo; que mis pernos y tornillos se apretaban, y que, a la vez, en sus marcos respectivos, todas mis puertas y ventanas se disponían al golpe.