—Los tabacos que me ofrecen—agregó el torero con su hablar parsimonioso habitual—yo los acepto para obsequiar a mis amigos; pero, yo, no fumo...
El señor “del frondoso bigote” balbuceó algunas frases vulgares de despedida y, por hacer algo, se metió en el cuarto-tocador. Estaba avergonzado.
XX
Los diarios de Sevilla informaron a sus lectores de que la víspera, y por efecto de una maniobra inhábil, el expreso de Madrid había salido con cerca de media hora de retraso; pero en el fárrago de hechos que rellenan la vida cotidiana el suceso escapó inadvertido, lo cual no me extrañó, pues los hombres creen que la vida consciente no se extiende más allá de ellos mismos. ¡Ah! Si supiesen leer ¡sólo un poco!... en el Misterio, hubieran reconocido que lo que creyeron choque fortuito de dos vagones, era un desafío.
Efectivamente, el tiempo, lejos de suavizar las asperezas de mis relaciones con El Majo, las había hecho más vidriosas y difíciles. Acostumbrado a ejercer hegemonía despótica sobre el convoy, mi enemigo no aceptaba que yo le tratase de igual a igual, y sin otras consideraciones ni reverencias que las mismas, exactamente, que él me tributaba; yo, por mi parte, no le consentía la menor insinuación autoritaria: éramos de la misma fuerza y de temple parecido, y, fatalmente, teníamos que pelear. No perdía ocasión de hostilizarme: en las estaciones del tránsito paraba súbitamente, para que yo me lastimase contra él; en las cuestas arriba se dejaba ayudar por mí, y una noche, cruzando Despeñaperros, intentó lanzarme fuera de la vía en una curva. La cobardía de su traición me encendió la cólera, y arrastróme a decirle los peores insultos.
—Eres—le dije—un majadero y un villano, y hemos de matarnos.
—Iba a proponértelo—repuso muy engallado.
—Pues en la primera ocasión será, y poco he de poder si no te expulso del convoy.
Estábamos, pues, desafiados, y pendientes del lance todos los coches. Hasta las máquinas supieron la noticia, y huelga añadir que unánimemente las simpatías se hallaban de mi parte. Era seguro que El Majo, profesional de la baratería, no me tenía miedo; pero tampoco me lo inspiraba él a mí, y si ya no habíamos liquidado cuentas fué por ausencia de ocasión. Presentóse ésta al cabo en la estación de Sevilla, una tarde, con motivo de un sleeping que, por averías, debía ser retirado del “expreso”.
Sucedía que cuando La Sabrosa andaba de maniobras, bien porque tuviese que beber agua o proveerse de carbón, o ayudar a empujar algún “mercancías”, siempre iba sola; esto era lo frecuente. A veces, sin embargo, llevábase consigo al primer furgón, y también al Negro; y así yo siempre me quedaba quieto y unido a “la cola” del convoy. En la tarde a que me refiero el mozo que acudió a fraccionarnos, bien por equivocación o porque así se lo hubiesen mandado—me inclino a creer lo primero—en vez de separarme del Negro, según solía, me apartó del Majo, y así nos proporcionó la oportunidad de pelear que tanto ansiábamos, pues nada se parece a la sed, ni hace mejores migas con el insomnio, que el deseo de venganza. Mientras nos desunían, mi rival me advirtió: