Eran más de las ocho de la mañana y trasponíamos la estación de Los Rosales, cuando “el señor del bigote” dejó su compartimiento resuelto a echar dudas a un lado.
En el pasillo encontró, precisamente, al Meñique, vestido de gris, y a Juanito Paisa, que chupaba un puro. “Para no detenerme mucho con ellos—pensó—fingiré dirigirme al cuarto-tocador...” Avivó el paso y procuró dar a su saludo una elegante ligereza.
—Buenos días, Manuel...
—Buen día—replicó el matador.
—¡Celebro hallarle solo! ¿Me permite usted una pregunta?
—Todas las que usted quiera hacerme.
—¿Cómo era el habano que le dí anoche?... El temor de que fuese malo no me ha dejado dormir.
El Meñique interrogó a Juanito Paisa:
—El habano que estás fumando, ¿no es el que me regaló el señor?
—El mismo—repuso Juanito—; ¡y es muy bueno!... ¡Palabra!...