El caballero a quien he adjudicado el remoquete del señor “del bigote frondoso”, tampoco descansó bien; aunque no eran las voces ni el ruido, sino los remordimientos, los que le ahuyentaron el sueño. A este hombre excelente le torturaba el resquemor de que el tabaco con que obsequió al Meñique no hubiese resultado bueno, y a causa de ello el gran lidiador hubiese formado de su persona un concepto desfavorable. Aquel puro nefando, venenoso tal vez, era, ante los justicieros ojos de su conciencia, como un puñal clavado en el aparato respiratorio del matador. De esta inquietud hizo partícipes a su mujer y a sus hijas, quienes asímismo se atribularon. La esposa preguntó:
—¿Cuánto costó el puro?
—Tres pesetas; era de los más caros; pero se trata de una “marca” que yo no conozco...
—Debías haber comprado dos, para fumarte uno; y si el tuyo ardía bien, regalarle el otro.
—¡Tienes razón...—suspiraba el marido mordiéndose los labios—tienes razón!... ¿Cómo no se me ocurriría eso?...
Toda su familia sufría de este dolor, aterrada de la facilidad con que el descrédito puede herir a las personas. En el cerebro del hombre “del bigote abundante”, se había incrustado la siguiente consideración: “Antes El Meñique no tenía por qué despreciarme, y ahora sí...”
—¿Y si volvieses a visitarle—propuso la señora—con pretexto de informarte de su salud, y así... charlando... le preguntases si el puro le gustó?...
—¡Es una excelente idea, papá!—apoyaron las hijas.
Estas palabras, ungidas de discreción, prendieron en los ojos del ingenuo caballero una luz de esperanza.
—¡Tal vez tengáis razón!—exclamó a la vez receloso y contento—; las mujeres sois el Diablo: lo intentaré.