—¿Eso del botellazo qué ha sido?...

No contestó Manuel, y su rostro pálido de fetiche tampoco expresó nada. La escena tenía una suprema fuerza cómica. La misma voz continuó:

—Aquí todos hemos leído los periódicos: ¿de modo que es cierto que en Valencia quedaste muy mal?...

Mansamente, con ironía apacible y amarga, El Meñique repuso:

—¿Para preguntarme eso me habéis hecho levantar?...

Como nadie respondiese a observación tan justa, el torero añadió:

—Señores, se agradece la intención...

Y suavemente, sin cólera, levantó el cristal. En aquel momento partíamos y entonces, tibios, rezagados, sonaron algunos aplausos. El Meñique, dolorido en su carne y en su corazón, acaso con ganas de llorar, tiró el kimono al suelo y se volvió a la cama.

Aunque convencido de que Manuel González no era verdadero responsable de nada, yo le había cobrado mala voluntad: por causa suya, sus adictos de Córdoba me molieron a bastonazos, y en Baeza un salvaje, de una pedrada, me había roto un cristal. Era aquél uno de los viajes peores de mi vida. Este mal humor mío lo compartían mis inquilinos, a quienes las ovaciones tributadas al Meñique impedían dormir.

—Será la última vez—musitaban—que vuelva a viajar en compañía de un torero “de cartel”. ¡Vaya una noche!...