—¡Manuel!... ¡Sal!... ¡Viva El Meñique!...

Algunos empezaron a golpearme con sus bastones, para hacer ruido. Hubo una nutridísima salva de aplausos; después nuevas voces resonaron:

—¡Manuel!... ¡Queremos que se asome Manuel!

Detrás de don Ricardo, Juanito Paisa rogaba, compungido, al matador:

—Compláceles, Manolo; de no hacerlo considera que vas a captarte muchas enemistades, y que, un día u otro, has de venir a torear a Córdoba...

Con aire resignado, casi místico, El Meñique se incorporó en la litera.

—Os obedeceré con tal de que me dejéis tranquilo.

Levantóse cojeando y, envuelto en un kimono rojo y verde, se asomó a la ventanilla.

—Salud, señores...

Pequeño, flaco, cobrizo y calvo, y metido en aquel disfraz orientalesco, a la luz blanca del amanecer El Meñique debía de simular un icono. Muchos aplausos y vítores calurosos, acogieron su aparición. Inmediatamente prodújose un silencio absoluto. Los circunstantes, extasiados, contemplaban al “ídolo”; y él, a su vez, les miraba. Así transcurrieron ocho, nueve... diez segundos... ¡Curiosos fenómenos de la emoción!... Ya en presencia del maravilloso gladiador, nadie osaba despegar los labios, y los entendimientos estaban como paralizados. Hasta que en medio del hondo y general recogimiento, una voz dijo: