—¡Despiértele usted!—gritaban a porfía unos y otros—; nosotros también pasamos mala noche. Por verle, la mayoría de los que estamos aquí no se ha acostado.
—Señores—insistió don Ricardo—; yo no me atrevo a despertar a Manuel; adviertan que se trata de un hombre herido...
—No importa—replicaron unánimes los espectadores—; una herida en un pie no es grave. ¡Dígale que se tire de la cama! ¡Queremos verle... queremos hablar con él!...
Consideraban que ya habían transcurrido ocho o diez minutos, y que el momento de salir el expreso era inminente. Empezaron a irritarse. ¿Se les desdeñaba?... Súbitamente la muchedumbre iba a enojarse, porque en el alma colectiva ni la admiración ni el odio tienen entrañas ni cauces fijos. Por fortuna don Ricardo comprendió a tiempo.
—Pues que se empeñan—gritó—esperen un momento. ¡Voy a rogarle que se levante!
Corrió, seguido de Paisa, a la cama de Manuel, que estaba despierto y de torcidísimo humor.
—¡Arriba, Manolo!—imploró don Ricardo—; ya me oíste pelear con ellos; no pude hacer más...
—Yo, no me levanto—masculló el torero.
—Harás muy mal; no necesitas vestirte; abrígate con la manta de viaje y asómate un momento; lo esencial es que te vean, que no crean que les desprecias... “Media Córdoba” está ahí...
Los admiradores del diestro volvían a gritar: