—¡Bien sabía—exclamó, incorporándose—que quedaban varias! Tome usted: Silencio... Es una novela que las señoras piden mucho.
Raquel suspiró: porque aquella obra tenía para ella un recuerdo:
—La he leído...
—Vea, otra: El amigo íntimo.
—También la he leído; conozco casi toda la producción de Ruiz-Fortún; es mi autor predilecto.
—Otra... la última: Años de paz.
—¿Ah?... ¿Es nueva?...
—Acaba de ponerse a la venta; la recibimos ayer.
Con aire desasido Raquel abonó el importe del volumen, que empezó a hojear, y cuando, de pronto, acertó con ese “paisaje interior”, de irisada y taladrante observación, que todos los dilettanti del libro buscan en la obra recién comprada, sus ojos—¡ah, prodigios del arte!—fulgieron de emoción.
Inmediatamente se acercó al “expreso”, que ya se iba, y, sin vacilar, obediente a la sugestión arcana de las cosas, subió a mí y fué a colocarse—dando el rostro al camino—en el departamento donde viajaba el enfermo de que hablé antes. Era el mismo compartimiento en que don Rodrigo hizo su postrer viaje, y la decisión rectilínea—voz de fatalidad—con que penetró en él, pudiendo haber elegido otro, me calofrió. Yo hubiese querido decirla: “Raquel: el coche que ahora te lleva a Andalucía es antiguo conocido tuyo; es el que tú y tu Rodrigo llamabais “nuestro vagón”. Yo sé cómo besas, y doy fe de cuánto él te quiso; yo le he oído dudar de tu cariño y le he visto romper tus cartas. También le vi muerto: donde su cuerpo estuvo tendido, tú, ahora, sin saberlo, acabas de poner los pies; hubo sangre suya ahí, por donde tú has pasado”...