Raquel, después de sentarse cerca de una ventanilla, miró a su alrededor; esto es, “me miró”. Seguidamente y acaso bajo mi influencia, pensó en el amante muerto, y por su frente resbaló una melancolía. En su espíritu leí este nombre: “Rodrigo”; y, a continuación, aparecieron los ojos claros y el bigote rubio del sin ventura. Suspiró y su conciencia se llenó de obscuridad. Yo la miraba con cariño: si la hubiese visto acompañada de otro hombre, la habría odiado; pero iba sola, y aquel afecto que, tras de tanto tiempo, dedicaba al amado, me la hacía simpática. Y volví a pensar: “¿Por quién llevará luto?...” De su mano izquierda, que exornaban antaño una esmeralda y un rubí, la esmeralda faltaba, como si su dueña hubiera querido dar a entender así que la esperanza había emigrado de su corazón.

Raquel observó unos momentos el cielo límpido y estrellado. Después sacó de un “neceser” una plegadera de marfil y oro, y con una parsimonia, que era una caricia, comenzó a cortar las hojas del libro: lo hacía con esmero, con amor... En seguida emprendió la lectura, e interesada, tanto por el estilo apasionado como por el asunto, leyó, de un tirón, lo menos veinte páginas.

Bruscamente el viajero que llamaré “de las cuatro almohadas” comenzó a toser; a cada nuevo esfuerzo se incorporaba, jadeante, lívido, como si fuese a dictar su última voluntad, mientras con una mano desesperada se arañaba el pecho.

—Es un tísico—monologueó Raquel—; un incurable...

Y, aunque piadosa, apartó con disgusto los ojos del desconocido, que proyectaba un perfil macabro sobre mi fondo gris.

Nuevamente reanudó su lectura.

En aquel momento el autor trazaba, con rasgos magistrales, el hechizo perezoso de una siesta andaluza: Eran las tres de la tarde de un día de agosto: “Alicia”, la heroína, esperaba a su amante escondida entre las persianas del balcón; del cielo azul descendía una ola de fuego; en el sosiego provinciano de la calle un pianillo de manubrio desgranaba las notas de un vals sensual; en las ventanas y sobre los arriates de las azoteas, las macetas de claveles y de nardos ardían, como llamas, bajo el sol; y en aquella orientalesca borrachera de calor y de luz, el corazón de Alicia volaba hacia el campo, donde todo es saludable y violento...

Por segunda vez Raquel miró a su compañero de viaje. El infeliz tosía y se ahogaba; gruesas gotas de sudor perlaron su frente; sus ojos se desorbitaron con la angustia. Después, ya calmado, volvió a reclinar la cabeza hacia atrás y sus mejillas, empurpuradas momentáneamente por la asfixia, recobraron su lividez. Raquel pensó, egoísta:

“Este pobre hombre me da asco. Si no se duerme cambiaré de coche”...

Tornó a su lectura, y rápido el superior espíritu de Ruiz-Fortún, su autor favorito, volvió a poseerla: como un brujo la dominaba, la aturdía. Había en el verbo del gran artista, adorado de las mujeres, una emoción quemante y como irisada, dotada de milagroso vigor. Todo era en él pasión, ímpetu, amor romántico y exaltado. Leonardo Ruiz-Fortún era un griego que resucitaba en el cansado occidente el espíritu optimista de la vieja Hélade. De sus libros, el pesimismo, que es cobardía, estaba proscripto, y todos sus personajes eran audaces y hermosos como héroes...