Embelesada, Raquel cerró lentamente sus largos ojos negros... y, de súbito, la imagen lejana de don Rodrigo ocupó unos segundos su memoria. Humilló la cabeza; se quedó triste, con esa segura melancolía que emana del fastidio; hacía tiempo que esta disposición depresiva de alma la visitaba.

“Me aburro—pensó—y aburrirse, cuando estamos solos, equivale a no hallarnos satisfechos de nosotros mismos; es “odiarnos” un poco...” Luego, una idea pintoresca turbó agradablemente su espíritu: “¿Cómo sería Ruiz-Fortún?...” ¡Ah! De haberle ella conocido, seguramente le hubiese amado.

Llegábamos a Santa Cruz de Mudela, donde mudábamos de locomotora; eran más de la una de la madrugada. El hombre “de las cuatro almohadas”, a quien mis luces daban una apariencia espectral, sufrió un nuevo acceso de tos, y Raquel hizo sobre sí misma un esfuerzo para no oirle. Momentos después reanudó su soliloquio:

“Sí; el autor de Años de paz tenía razón: no todo en el mundo es podredumbre y felonía. El vulgacho es lodo, pero sobre la gentuza egoísta y sórdida campean voluntades diamantinas y espíritus horros de impureza, que saben hacer de la vida una plegaria excelsa; y Ruiz-Fortún pertenecía a esos elegidos...”

La tos del paciente, que sonaba lúgubre como una voz salida de la tierra, quebrantó transitoriamente el hilo áureo de aquellas meditaciones. La joven tuvo un nuevo gesto de impaciencia y de asco. Luego su fantasía volvió a piruetear y pensó en escribir a Ruiz-Fortún explicándole la desolación de su espíritu y la admiración—veneración, más bien—que hacia él sentía; y como el novelista, a fuer de cumplido caballero, se apresuraría a contestarla, era seguro que llegarían a ser amigos... amantes, quizás... En este punto de su laborioso discurrir la figura del escritor, por primera vez, la preocupó, pues ella jamás habría podido enamorarse de un hombre feo. ¡No!... La naturaleza no gusta de dejar sus obras inconcluídas: los artistas divinos y deformes, como Leopardi, son, afortunadamente, muy raros. Y Raquel se tranquilizó al convencerse de que Leonardo Ruiz-Fortún tendría, como lord Byron, una hermosa cabeza juvenil, grave y triste...

En Venta de Cárdenas subieron a mí y se instalaron en el departamento donde iba Raquel dos viajeros, que debían de ser madrileños por lo que de su acento y conversaciones pude colegir. Transcurrió la noche. A la mañana siguiente, al llegar a Córdoba, el señor “de las cuatro almohadas” se incorporó, saludó con una sonrisa glacial a sus compañeros de viaje, y salió al corredor. Caminaba inclinado, tembloroso, y, al andar, arrastraba un pie. Tras él, en el departamento, quedó flotando un olor a hospital. Cuando descendió al andén y le vi alejarse, de espaldas a mí, pensé: “Ya siempre te veré así, porque tú no vuelves...”

Mi asombro fué enorme al oír que uno de los dos pasajeros que viajaron con él desde Venta de Cárdenas decía a su amigo:

—¿Conoce usted a ese que acaba de salir?

—No.

—Leonardo Ruiz-Fortún.