—¿El novelista?
—El mismo: creo que el pobrecito se quedará en Córdoba...
Raquel, que, como yo, había seguido este diálogo, a durísimas penas reprimió un grito. ¿Era posible que aquel tuberculoso, aquella lamentable piltrafa de la vida, fuese el mismo escritor de inspiración férvida, de propósitos anchos, de estilo recio, con quien ella horas antes, precisamente, había soñado? ¿Cómo en un cuerpo exangüe, casi muerto, podía alojarse un espíritu así?... ¿O era que, tal vez, la misma implacable brasa del alma había roído la carne hasta consumirla?...
“¡La naturaleza es ciega! ¿Para qué fantasear? ¿Para qué esforzarnos en ser dichosos?”—discurría Raquel.
Tras una pausa, fríamente, por la ventanilla, tiró el libro al espacio.
XXI
En unas revistas ilustradas olvidadas sobre mis asientos, he leído artículos laudatorios acerca de la última obra del escultor montañés Pedro Juan, el cual, cuando yo trabajaba en la línea de Hendaya, viajó diferentes veces conmigo hasta Miranda de Ebro, y de cuyo rostro aguileño y palidísimo, flaco, como consumido por las brasas de sus ojos extraordinarios, recuerdo muy bien. Los críticos celebraban con un ahinco que acreditaba la sinceridad de sus elogios, la expresión, la emoción palpitante, “la elasticidad de carne viva”—palabras suyas—que el artista genial trasmitía a la piedra...
Sin duda todos aquellos ditirambos eran justos, y yo los aprovecho para fortificar lo que en diversos pasajes de este libro expuse a propósito de las vibraciones de inteligencia, de voluntad, de memoria y de sensibilidad física, que el hombre comunica a cuantos objetos le acompañan habitualmente. Si un escultor, por ejemplo, con sólo el esfuerzo de su inspiración y de sus manos, infunde a un pedazo de mármol el calor de su alma, ¿cómo negar esa constante y certera “transfusión de alma”—llamémosla así—con que a lo largo de los años las personas, soslayadamente, vivifican sus trajes, sus muebles y las habitaciones en que habitan? Sin maliciarlo el hombre divide su tesoro vital en dos partes, de las cuales se reserva la mayor, y la otra, que se le escapa por los ojos, y por la punta de los dedos y con el calor de su propio cuerpo, es la que reparte, la que difunde alrededor suyo y queda adherida a las cosas. He ahí el por qué los trajes recién salidos de las sastrerías son “fríos”, por bien confeccionados que estén; y por qué las novelas autobiográficas, por sencillo que sea su argumento, apasionan más y obtienen mayor número de lectores, que las imaginadas, fruto exclusivo del arte y de la inventiva de su autor. Esta vida adquirida, esta vida pegadiza gracias a la cual siento y hablo, donación subconsciente es de los hombres, y si ellos lo supiesen sus escritores comprenderían que la historia, por ejemplo, de “un billete de Banco”, que pasó por millares de manos y pudo servir así para pagarle las medicinas a un enfermo como para comprar a un asesino, bien merece los honores de ser llevada al papel. Diré más: estos libros de “Memorias” son, por su misma índole y composición, más difíciles de escribir que las novelas; agotan: porque en cada novela sólo hay un argumento y uno o dos protagonistas, mientras en una existencia tan agitada como la mía, en cada nuevo personaje que aparece surge un nuevo protagonista y con él, quizás, un nuevo enredo. Un libro de “Memorias” equivale a una sucesión de novelas.
En mi biografía hay millares de meses tediosos, absolutamente idénticos, que no hubiese querida vivir; pero, afortunadamente, de cuando en cuando la Aventura, la divina bruja de los ojos verdes, me miraba, y su roce era tan eficaz, tan excelso, que aunque sólo durase horas bastaba a consolarme de mi fastidio de varios años. Acordándome de aquellas muchachitas que, cuando yo rodaba sobre la línea de Galicia, salían a verme a los andenes del tránsito, yo pensaba:
“Me parezco a ellas en lo de esperar; ellas aguardaban todos los días la visita de lo Extraordinario, y yo también. Yo soy, dentro de mi esfera, como una pequeña estación en donde, tarde o temprano, el tren de lo Imprevisto se detendrá ‘un minuto’”...