El hada Sorpresa, tacaña por temporadas hasta la sordidez, tiene a ratos prodigalidades excesivas. Su alma es histérica, ilógica, y, por lo mismo quizás, adorable. Ora no da nada, ora da muchísimo; ¿pero si repartiese sus dones más proporcionadamente, no nos parecerían menos sabrosos?...

Los dos hechos que voy a narrar se desarrollaron, uno a continuación del otro, desde la noche de un veinticuatro de diciembre—es la segunda Nochebuena notable que recuerdo—y la mañana del día veintiséis: el primero es un episodio lírico, plácido; un duetto al par sensual y romántico que, si terminó conforme sus mantenedores se obligaron delante de mí a desenlazarlo, reducido quedó a un bellísimo cuento; pero que si tuvo “segunda parte”, sirvió de primer capítulo a una novela cuyo desenlace ignoro. El otro episodio es un enredo trágico, una cabriola siniestra, una visión de pesadilla: aquél era “blanco”; éste negro; aquél tenía el color de los azahares nupciales, y éste el tono obscuro de la sangre coagulada. Aquella vez a la Aventura—artista portentosa—la bastaron treinta y seis horas para hacer un “Rembrandt”.

Salí de Madrid, como todos los años me sucedía durante las festividades navideñas, con escaso pasaje. No llegarían mis ocupantes a ocho. En mi segundo departamento viajaban una mujer y un hombre: yo les había oído hablar en el andén; él se hallaba próximo a mí, alquilando una almohada, cuando ella le abordó para preguntarle:

—Caballero... ¿puede usted decirme si este es el tren de Almería?

Tenía una voz dulce, armoniosa; una voz “húmeda”...—no acierto a calificarla mejor—; una voz idílica, hecha para hablar de amor y decirle al Deseo “que sí”...

Clavó él en la desconocida una mirada buída, hambrienta, de gavilán; un mirar con el que la desnudó y la palpó y la registró, por igual, el cuerpo y el alma.

—Sí, señora; este es el tren...

Y añadió afirmativo:

—Tomaré una almohada para usted.

—Bien, muchísimas gracias...