Buscó apresuradamente su portamonedas para abonar el importe de aquel ofrecimiento, pero él ya había pagado.

—Es igual—dijo con una sonrisa y un ademán elegantes—; ¡es igual!...

Uno tras otro subieron a mí, y él, personalmente, colocó primero las maletas de su compañera de viaje, y luego las suyas, en mis redecillas. Ella parecía agradablemente impresionada, al par que cohibida; la eficaz devoción con que era servida la colocaba, por agradecimiento, en un cierto estado de inferioridad ante aquel caballero lleno de iniciativas oportunas. Claramente yo leía en su alma. Pensaba: “Yo me iría a otro coche porque este señor se inmiscuye demasiado en mis asuntos, pero como le debo el alquiler de la almohada... ¡Y es simpático!... Lástima que me mire así, como si quisiese comerme...; aunque es posible que lo haga sin segunda intención. En fin, si así no fuese, siempre hallaré modo de pararle los pies...”

Fluctuaba la edad de la viajera entre los treinta y los treinta y cinco años: era trigueña, ojinegra, antes abastada que escurrida de formas, vestía esmeradamente, parecía presumir—y a fe que podía hacerlo—de tener la pierna linda y el pie menudo y bien calzado, y era, en suma, lo que por estilo conciso y pintoresco el pueblo español denomina “una real moza”.

El, flexible, alto y correctamente trajeado, aparentaba igual edad, y sus manos pulidas y su semblante aguileño, prematuramente fatigado, hablaban de un pretérito aristocrático. No parecía, sin embargo, enfermo de desgana, por cuanto en seguida prendió y mantuvo el fuego de la conversación con privilegiada elocuencia, orientando el diálogo hacia donde quería, y expresándose con franqueza y acierto desusados.

—¿Me dijo usted que iba a Almería?—preguntó.

—Sí, señor. ¿Usted también?

—No, señora: yo debía ir a Huelva...

Ella hizo un gesto vago: no comprendía cómo un tren que fuese a Almería pasase por Huelva, o viceversa; creyó haber entendido mal. El sonreía en silencio, dando tiempo a que su colocutora se percatara de su hilaridad y se extrañase de ella. Así fué: la joven, curiosa, indagó:

—¿De qué ríe usted?...