—De una pequeña travesura que he cometido y usted inmediatamente me perdonará. Usted sabrá que la línea de Almería y Granada arranca en la estación de Baeza...
Ella movió la cabeza afirmativamente, y con la ansiedad de la explicación que esperaba su rostro parecía más bello.
—El tren en que vamos—prosiguió el viajero—pasa por Baeza a las tres y cuarto de la madrugada, y el de Almería no sale hasta las nueve o las diez...
—¡Qué horror!...
—El tren que debió usted tomar no era éste, el “expreso” de las ocho y veinte, sino el “correo” que sale cuarenta minutos después, a las nueve, y llega a Baeza a las seis y media. Hubiera usted podido dormir cómodamente en él hasta esa hora, y así la espera hasta el momento de tomar el “correo” de Almería habría sido más corta.
Ella, un tanto molesta, replicó:
—¡Naturalmente!... ¿Por qué no tuvo usted la bondad de explicarme todo eso cuando aún era tiempo?
—Por egoísmo.
—No le comprendo.
—Por egoísmo, sí, señora: por no privarme del placer de viajar con usted.